El Gobierno de Israel aceptó el lunes de esta semana el plan de paz —“Hoja de Ruta”— auspiciado por el llamado Cuarteto Internacional que integran la ONU, Estados Unidos, Unión Europea y Rusia.
Lo novedoso de este segundo plan de paz —el primero fue el de Oslo, en 1993— es que prevé la proclamación de un Estado independiente palestino en el 2005. Se trata de un hecho trascendental porque es la primera vez que Israel reconoce de manera formal el derecho de los palestinos a tener su propio Estado independiente, igual que los judíos.
En realidad, los israelitas —que se radicaron en ese territorio desde hace unos 3,000 años, cuando llegaron procedentes de Egipto después de liberarse de la esclavitud egipcia—, de hecho ya habían reconocido el derecho de los palestinos a la autodeterminación, desde mayo de 1948, cuando por un acuerdo de las Naciones Unidas se produjo la partición de Palestina y nació el Estado de Israel. En aquella oportunidad la ONU mandó a crear los dos estados pero los líderes palestinos y los gobernantes de los países árabes vecinos no aceptaron la resolución internacional y declararon la guerra a Israel, jurando que no descansarían hasta arrojar al fondo del mar al último judío.
Por otro lado, este nuevo plan de paz fue aceptado por la Autoridad Autónoma Palestina que preside Yaser Arafat. Realmente no le quedaba más remedio que aceptar el plan del Cuarteto Internacional, tras el agotamiento causado por treinta meses de continuos enfrentamientos violentos en el curso de la “Intifada” (resistencia “pacífica”), que los palestinos desencadenaron en septiembre del 2000 con el pretexto de que Ariel Sharon profanó los santos lugares musulmanes al visitar el Muro de los Lamentos, en la Ciudad Vieja de Jerusalén, que es por cierto uno de los lugares más sagrados para los creyentes judíos.
A estas alturas el gobierno autónomo de Arafat está casi acabado, al borde del colapso, pues ha tenido que cargar la peor parte de las consecuencias de la última y aún no concluida Intifada, junto con las de las acciones militares israelíes de represalias contra la campaña terrorista del Movimiento para la Resistencia Islámica (Hamas).
En efecto, aparte de los más de dos mil palestinos muertos en combate —versus unos trescientos israelíes—, sólo el año pasado el producto nacional palestino se redujo en unos 1,000 millones de dólares americanos. Casi dos millones de los 3.2 millones de palestinos que viven en los territorios autónomos dependen de la ayuda humanitaria internacional; y más de 120 mil trabajadores permanentes palestinos no pueden pasar a territorio de Israel donde siempre han tenido empleo dignamente remunerado.
En esto se cumple una vez más el sabio dicho popular de que lo que no hizo el idiota al comienzo lo tiene que hacer al final. En este caso, que el respeto al derecho del pueblo judío a tener su Estado independiente que no quisieron aceptar los líderes palestinos y los gobernantes árabes en 1948, después de cuatro guerras (1948, 1956, 1967 y 1973), dos intifadas y una campaña permanente de terrorismo, tendrán que aceptarlo ahora y en todo caso más temprano que tarde.
Pero la aceptación del plan de paz “Hoja de Ruta” es apenas el primer paso en un camino sembrado de complejas dificultades. Los terroristas de Hamas han amenazado que no lo respetarán mientras que el gobierno israelí lo aceptó el lunes de esta semana con la advertencia de que Israel no aceptará que los refugiados palestinos —casi cuatro millones— regresen al territorio de Israel de donde fueron expulsados o emigraron voluntariamente.
Para ayudar a remontar esas dificultades y que este nueo plan de paz no fracase como el anterior, se ha sugerido la celebración de una Cumbre Bush-Sharon-Arafat, en la que se podrían acordar acciones para implementar el plan de paz, para neutralizar a los extremistas de ambos lados y sobre todo para derrotar a los terroristas palestinos que se oponen a cualquier solución pacífica del conflicto en Tierra Santa.
Por el bien de ambos pueblos y de toda la humanidad es deseable que el Plan Hoja de Ruta resulte exitoso.