Una flor

Hugo Ramón García

“Brindo por la mujer, mas no por ésa en la que halláis consuelo en la tristeza rescoldo del placer, desventurados. No por ésa que os brinda sus hechizos cuando besáis sus rizos artificiosamente perfumados”. (Guillermo Aguirre y Fierro).

Sobre el paisaje nicaragüense que motiva de esperanzas al espíritu, nace entre los encantos de la mañana una flor para ofrecérsela a la más dulce de las mujeres; a la que con la ternura de su corazón nos muestra su verdadero amor, y con sus lágrimas nos colma de sus incomparables bendiciones en un mundo lleno de incomprensiones y de comunes egoísmos.

La madre resume en su ser toda la expresión de la vida. Ella viene dotada de virtudes excepcionales que santifican su grandeza porque trae consigo una singular vocación que es sinónimo de la más profunda abnegación. Por la madre se escriben las mejores palabras, se rinden los más caros tributos y se le imprime en su cálido rostro el beso perfecto de un entrañable cariño.

Frente a los sinsabores que la vida impone la madre mitiga las angustias con sus oportunos consejos, porque es su amor un evangelio de infinita naturaleza que se proyecta más allá de todo cálculo humano. Por eso la madre es sencillamente especial; es su género un lienzo que imprime confianza pues en ella se define todo lo bueno de su alma inquieta siempre dispuesta a dar todo, a cambio de nada.

La madre nunca busca recompensa ya que su amor no está condicionado y su entrega total es consecuencia de lo que ella siente por el fruto de sus entrañas al que con tiempo completo le dedica lo más puro de su vida. En ella no se distinguen limitaciones que le impidan fijar sus obligaciones que con admirable maternidad suele practicar con paciencia franciscana como legado de la más sentida virtud.

En mayo florecen las esperanzas, el espíritu se fortalece por la fe, las verdes campiñas del agro colman de optimismo al hombre del campo que para las siembras labra la tierra para sacar adelante a este país que se debate en la pobreza por los malos manejos financieros, y desde el altar del alma sale como incienso un tributo de afecto por la única mujer que nos provee de sus inmaculadas protecciones dándonos como personas el valor humano que todos poseemos.

En toda madre se personifica una sacerdotisa del amor; la consejera ideal que nunca falla en sus sabias apreciaciones, porque éstas tienen el sentido crítico de una incuestionable verdad que no está sujeta a equivocaciones. Por sus muchos merecimientos la madre se convierte en la preferida del hogar, en la mujer que muestra lo mejor de sus ejemplos, en vista de que su autoridad moral la faculta para dar lo que tiene en su espíritu acogedor y lleno de perdón.

Al caer las lluvias de mayo cuales bendiciones del Altísimo, sean ellas el tributo celestial para honrar su pureza, tendiendo a sus pies las flores más fragantes de los jardines nicaragüenses.

El autor es periodista.  

Editorial
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