Roberta Belli
Hace unos días me visitó en mi oficina una buena amiga, a quien inicialmente conocí por su historia: hace unos años y sin aviso previo, su esposo le envió por correo la notificación de su divorcio, y de repente se encontró sola, con varios hijos, y con cero ayuda económica por parte de su hasta hace poco cónyuge. Al recurrir ella al Ministerio de la Familia, para que este hombre por lo menos se responsabilizara de visitar a sus hijos fin de semana de por medio, esta entidad le respondió que no existía nada que el gobierno pudiese hacer para obligar que los hombres visiten a sus hijos. Mi amiga también descubrió que tampoco podían hacer mayor cosa para obligarlos a contribuir económicamente a la manutención de los hogares que habían abandonado.
Esta historia se repite día a día en nuestro país. Miles de mujeres, solas, desamparadas, y en su mayoría madres de numerosos hijos, buscan la manera heroica de sobrevivir sin ayuda de quien ayudó a procrear a esas criaturas. Miles de niños sufren diario el abandono por parte de sus padres, quienes prefieren andar de mujer en mujer y de trago en trago, antes de hacerse responsables por esos tesoros invalorables.
La tragedia es grande, no sólo para la mujer, sino también para los niños. Estas personitas, tan necesitadas emocionalmente de la figura paterna para un desarrollo emocional balanceado, se ven atrapadas en un callejón sin salida. Por un lado está la madre, desubicada emocionalmente, asustada, económicamente inestable, sola y sin el apoyo del hombre de su vida. El niño por otro lado al ver esto se siente culpable, confundido, alienado y sin el apoyo de su padre. La figura fuerte, grande, el protector, el que los cuida, el que provee, el que jugaba pelota, ya no está, y el vacío es irremplazable. Las heridas que esto causa nunca llegan a sanar. Cuántas historias no hemos oído de hombres y mujeres, narrando con dolor aquella época cuando sus padres los abandonaron, se divorciaron o se separaron.
Hoy día mucho se habla de una ley de igualdad de oportunidades que está supuesta a proteger a la mujer y mejorar su suerte. Pero a veces da la impresión de que los que buscan eso olvidan que la mayoría de las mujeres somos madres y que poco podrá avanzar la mujer si no se protege a las madres. Por eso vale preguntarse:
¿Quién obliga a los hombres a responsabilizarse por ese abandono despiadado? ¿Quién les obliga a proveer para esos hijos truncados violentamente del afecto paterno? ¿Qué ley existe que proteja efectivamente a esa mujer desamparada y le ayude económicamente mientras se estabiliza su situación?
La verdad es que para que nuestra sociedad prospere debemos concentrarnos no tanto en si la mujer es igual que el hombre, o en si tiene los mismos derechos, sino en que ambos tengan las mismas responsabilidades y obligaciones en la familia… Ya basta de sobrecargar a la mujer con la dura tarea de ser la madre soltera, proveedora, consejera, amiga, doctora, lavandera, niñera y todo lo demás para los hijos. Es hora que los hombres, con los pantalones bien puestos, enfrenten esa tarea que a tantos espanta: la de ser padres responsables, no mediocres y ausentes. Ya es hora que el hombre venza sus instintos animales, aquéllos que causan que su caminar como esposo fiel y padre amoroso se desvié. Ya basta que el hombre se libere de toda la responsabilidad familiar, con el simple hecho de irse de su casa. No es posible aceptar esta vergonzosa indiferencia hacia su propia prole. No es aceptable una sociedad que no le obligue a proveer económicamente para sus hijos.
Este tema no es negociable. Miles de mujeres sufren en silencio la ineficacia de las leyes y la falta de poderlas aplicar. Una sociedad que no ampare a la mujer abandonada y que no obligue al hombre a que responda por sus actos irresponsables, no es una sociedad digna. La existencia de leyes huecas, inejecutables y sin valor, es la muestra de una sociedad que no vela por sus principales ciudadanos, sus mujeres y sus niños.