José F. García
Hay una diferencia abismal entre la Semana Santa que celebraban nuestros antepasados, hace setenta años, y la de la actualidad. Los pobladores de Managua y de las principales ciudades del país, en su mayoría católicos, celebraban la Semana Santa con mucha fe, recogimiento y devoción. Durante los días santos se suspendían todas las labores, las amas de casa no cocinaban por lo que anticipadamente hacían los tamales, cuajadas, queso, el curbasá y los almíbares. Era prohibido encender el fogón, tampoco se permitía que circularan caballos, carretas, carretones, ni que los niños corrieran, porque todo eso ofendía a Nuestro Señor.
También era tradición que en los hogares, bajo techo o a la sombra de los árboles en los patios se leía y escuchaba con mucha atención la lectura del Mártir del Gólgota, mientras degustaban sabrosas frutas o ensaladas de naranja y banano, a las que le echaban un piquete de chile criollo que llamaban Pico de Gallo.
Los fieles católicos asistían a todos los ritos que se ofrecían en las iglesias, no faltaban a las procesiones, comenzando con la del Domingo de Ramos que simboliza la entrada de Nuestro Señor a Jerusalén, hasta culminar con la del Domingo de Resurrección.
La devoción en la Semana Santa comenzó a declinar en 1945, cuando llegaron los vestidos de baños llamados bikinis, los viajes a los balnearios, los bailes en las costas y el derroche de licor por todo lo ancho y largo de nuestro país. Qué gran diferencia hay entre la Semana Santa de ayer y la Semana Santa de hoy.