La Arcadia feliz del siglo XIX

Emilio Álvarez Montalvá[email protected]

A los nicaragüenses siempre les intrigó saber qué factores posibilitaron la República Conservadora (1858-1893), caracterizada por paz, libertad y desarrollo. Y además, ¿cuáles fueron las razones de su extinción?

El doctor Arturo Cruz Sequeira contesta en su ameno libro usando el método de un riguroso investigador histórico. Apoyándose en fuentes primarias y estadísticas ilustrativas el autor defiende, con esa obra, su tesis de doctorado en Historia, de la Universidad de Oxford.

Su proposición central es que el éxito de los siete presidentes de ese período se debió “a la importancia de la innovación político-institucional, adoptada para construir un orden estable y progresista”. Asimismo, sostiene que fue esencial “mantener el delicado proceso de forjar confianza dentro de las élites (y fuera de ellas), como contribución clave al proceso del arte de gobernar”. Y además, agrego yo, por la probidad y moderación con que esos gobernantes ejercieron el poder.

En todo caso esos gobernantes construyeron paso a paso el Estado-Nación nicaragüense. Como asegura el autor, la Constitución de 1858 fue esencial para favorecer la conciliación de las élites. Cita como ejemplos de disposiciones acordadas por los caudillos Martínez y Jerez, la eliminación de la vicepresidencia, sometimiento del comandante de armas a la autoridad civil, período de cuatro años sin reelección, aumento progresivo de electores que pasaron de 470 en 1874 a 1,040 en 1880. Y la figura del “candidato de zacate” para aplacar al localismo. Además, mantuvieron cuotas de poder a las élites occidentales. Lo paradójico es que esa celebrada Carta Magna de 1858 resultaba, “mutatis mutandi”, la propuesta en 1854 por Fruto Chamorro y cuyo rechazo costó una devastadora guerra civil.

Por lo demás, el aporte más logrado del doctor Cruz es la lista de registros de hechos económicos (exportaciones, renta nacional, sueldos, etc.), en los que resalta el sostenido incremento del ingreso fiscal, la ejecución del ferrocarril, telégrafos, teléfonos y caminos sin recurrir a empréstitos extranjeros, lo mismo que la primera reforma educacional. En lo general respetaron los derechos ciudadanos aunque ordenaron eventualmente, por razones políticas, exilios, cierre de periódicos y prisiones.

Por otra parte, si los clanes granadinos fueron aceptados como autoridad nacional sin usar violencia, fue porque los demás sectores sociales participaban con ellos de los valores de la cultura patriarcal: orden, jerarquía establecida, religión compartida y prestigio de la propiedad privada, que formaban un todo indivisible. Además la nueva economía trajo bienestar.

Y entonces, ¿por qué esa Arcadia feliz estuvo ausente hasta 1858? Nicaragua, a diferencia de Chile, no sólo careció de un núcleo de familias fundadoras de fuerte arraigo económico, que sirviera de andamiaje, sino que sus empobrecidas élites lucharon entre sí por 35 años intentando controlar para ellas solas el poder público, sin tener capacidad financiera para mantenerlo. Y fue hasta que granadinos y leoneses se unieron para derrotar al filibusterismo y aportaron los granadinos liderazgo y capital, que Nicaragua fue viable como nación.

En cuanto al colapso de la República Conservadora, el primer error fue el cuartelazo que interrumpió la secuencia constitucional. Además, en el 93 estaba agotada la generación de los 30 años, al faltarles jóvenes que continuasen la labor. Por lo demás, la oligarquía granadina, después de gobernar tres décadas seguidas, se consideró irremplazable. Para entonces había surgido en Managua no sólo una rendidora fuente de poder económico —el café—, sino una clase media ilustrada y ambiciosa. Esta había sido educada como liberal por la reforma educacional de los 30 años. Finalmente, desde hacía 22 años estaban en el ambiente centroamericano las reformas del status quo.

Insisto, para terminar, en que la obra del doctor Arturo Cruz Sequeira, elegante y prolijamente editada, cuida tanto sus notas como sus citas bibliográficas al punto de constituir un modelo para los historiadores nicaragüenses.

El autor es miembro de la Academia de Geografía e Historia de Nicaragua  

Editorial
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