Luis Sánchez [email protected]
Cuando “trabajaba” en el sector público creía que las chismografías, mezquindades, intrigas, hipocresías y “serruchaderas de piso”, eran una característica perversa exclusiva en el personal estatal de todos los niveles.
Pero, en realidad este problema no es de sector social o laboral —público o privado—, sino de naturaleza humana, agravado por las peculiaridades de la cultura política nicaragüense. De allí precisamente es que se origina la conocida frase: “Cuanto más conozco a los hombres más admiro a los perros”, que se le atribuye tanto a Madame Roland (Jeanne Manon, revolucionaria francesa guillotinada en 1793) como a la Marquesa de Sevigne (Marie de Rebutin-Chantal, escritora francesa del siglo XVII) y a la también escritora, pero inglesa, Luisa de La Ramee.
Más precisa es la paternidad de la expresión: “Cuanto más observo a los diputados más admiro a los perros”, de Alphonse-Marie-Louise Lamartine, destacado escritor, diplomático y político francés de mediados del siglo XIX.
En realidad, el perro simboliza la fidelidad, que es su principal cualidad. La palabra perro es exclusiva del idioma español y se comenzó a usar en el siglo XII, como un término vulgar y peyorativo en oposición al culto “can”, que es la palabra en latín que denomina a este mamífero doméstico perteneciente a la familia de los cánidos, cuyas características principales son tener un olfato muy fino, ser bastante inteligentes e inquebrantablemente leales a sus amos.
Se supone que la palabra perro se originó del sonido vocal “prr” que usaban —y usan— los pastores para incitar a los canes a conducir el ganado, y para que éste les obedezca. Pero a pesar de que desde la remota antigüedad se reconocen las cualidades —inteligencia, nobleza y lealtad— de los perros, el único famoso en la mitología griega es Cancerbero, que tenía tres cabezas y guardaba las puertas del infierno para que no entraran los vivos ni salieran las “sombras”, que eran un término medio entre el alma y el cuerpo, o sea inmateriales como el espíritu, pero conservando la figura corporal.
Los griegos creían que las tres cabezas de Cancerbero representaban los tres mundos: el celestial (dominado por Zeus); el terrenal (bajo la égida de Neptuno); y el infernal (donde mandaba Plutón).
Aquí, en la Tierra, en el cementerio perruno de París, cerca del puente de Clichy-Asnieres, hay un monumento a un San Bernardo que se llamaba Barry, con un epitafio que reza: “Salvó la vida a 40, pero lo mató el cuarenta y uno…”
Sucedió que después de un alud que sepultó a numerosas personas Barry rescató una a una a 40 de las víctimas. Pero cuando fue por la 41, ésta lo confundió con una fiera, le disparó y lo malhirió. Aun así Barry fue a buscar a los frailes con quienes vivía, para que salvaran a la persona que lo hirió, y luego el perro falleció a consecuencia de la herida y de la pérdida de sangre por los esfuerzos que hizo para rescatar a su victimario.
Así son los perros. Por eso yo quise mucho a mi incomparable doberman (“Doby”), que murió de viejo con una inmensa tristeza en la mirada porque no quería abandonarme; y quiero a mi fiel y noble “Chaky”, una hermosa combinación de husky siberiano, pastor alemán y “chapiollo” nicaragüense.