El Güegüense, esa “original primera piedra de la literatura nicaragüense” como la caracterizó Pablo Antonio Cuadra, está a la espera de ser proclamada Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad por la Organización de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO).
Pero, al contrario, su compañera cultural —la Radio Güegüense— está corriendo el riesgo de desaparecer por culpa de la indiferencia nacional ante uno de los principales baluartes de la promoción y la difusión cultural en Nicaragua.
Recientemente se conoció que el Partido Liberal Constitucionalista (PLC), arnoldista, quería adquirir la Radio Güegüense, pero afortunadamente no ocurrió tal cosa pues hubiera sido vergonzoso que una agrupación política corrupta se convirtiera en dueña de una radioemisora que ha ocupado un lugar cimero en la conciencia cultural y moral de la sociedad nicaragüense.
Radio Güegüense es, como lo dice certeramente su lema, “la única clásica” en Nicaragua. Sólo ella transmite una programación educativa de música de los grandes maestros universales y de los compositores nicaragüenses. Además, es una de las poquísimas radioemisoras que suena música nicaragüense, vernácula y popular, no sólo por su responsabilidad en el cumplimiento de la ley que manda a promover el arte nacional sino también por vocación cultural, y por la comprensión de sus operadores de que la identidad nacional se funda en la difusión, el conocimiento y el amor de las personas a sus valores artísticos.
Al parecer no es mucho lo que necesita la Güegüense para salvarse y seguir cumpliendo la misión educativa y cultural que ha hecho hasta ahora, desde que la fundó don Salvador Cardenal (q.e.p.d.), cuyas “pequeñas lecciones de música” y sus explicaciones didácticas de las grandes obras musicales siguen educando a muchos nicaragüenses.
Bastaría con que una veintena de empresas privadas se anunciaran todos los días en Radio Güegüense, cuya mayoría de oyentes por su nivel cultural y por lo tanto socioeconómico son precisamente personas con poder de compra. De modo que los anuncios en la Güegüense no deben ser considerados como una dádiva, sino como una inteligente inversión.
Es indudable que para la mejor formación cultural de la opinión pública los medios de comunicación social son indispensables, incluyendo a los audiovisuales y los radiofónicos. En todos los países educados y cultos se preserva ese extraordinario espejo de la sociedad que es la radiofonía, y en particular la que transmite la buena cultura, la música clásica y selecta.
La preservación de medios de comunicación social con perfil cultural, como Radio Güegüense, es indispensable para cultivar la afición a la buena música y el buen gusto artístico. Inclusive muchos países contemplan en sus legislaciones de protección de los bienes culturales, la preservación de aquellos medios de comunicación que por su antigüedad o por su significación para la vida social y cultural forman parte de un patrimonio nacional que es necesario cultivar y fortalecer.
Ciertamente, el Estado no tiene por qué obligar a nadie a escuchar un determinado tipo de información o de música —popular, vernácula o clásica selecta— y más bien debe garantizar que haya en la sociedad una pluralidad de oferta informativa, cultural y de entretenimiento.
Pero así como una de las atribuciones fundamentales del Estado es la educación pública y la promoción de la cultura nacional, también debe velar porque en la diversificada oferta de medios audiovisuales haya una programación de ciertos contenidos que sirvan a la conservación y la protección de la identidad nacional, y a formar de la mejor manera posible al ciudadano, que entre más culto es más libre y responsable.
Algunas personas han manifestado el interés en crear una especie de “asociación de amigos de la Radio Güegüense”. Ojalá que lograran hacerla, y que ésta se encargue de hacer todas las gestiones que sean necesarias para inyectar a la radio cultural de Nicaragua la energía que está necesitando ahora de manera desesperada.
Dejar que se cierre la Radio Güeguense es permitir que se mate o que se silencie a Bethoven y a Delgadillo, a Verdi y a Mena, a Tchaikovski y a Vega Matus; así como a la Orquesta Sinfónica de Londres y a la Camerata Bach de Nicaragua. Si lo permitimos nos convertiríamos en culturicidas.