En LA PRENSA de ayer —miércoles 30 de abril de 2003— se incluyó una pequeña pero muy importante separata comercial sobre el 40 aniversario de la apertura de la Embajada de Japón en Nicaragua. En dicha publicación se detalla de manera sintetizada, pero muy ilustrativa, toda la abundante y valiosa cooperación con el pueblo de Nicaragua de ese rico, poderoso y ejemplar país del Lejano Oriente que es Japón.
Japón está muy lejano de Nicaragua tanto en distancia geográfica como en historia, cultura, desarrollo económico, avance tecnológico y progreso científico. Pero es tan solidario y cooperante con nuestro país como si fuera un vecino y compartiera con nosotros las mismas raíces históricas y tradiciones culturales.
“Japón no escatimará esfuerzos para el fortalecimiento de las relaciones múltiples con Nicaragua como verdadero amigo”, dice la Ministra de Relaciones Exteriores de Japón, señora Junko Kawuaguchi, en la separata insertada en LA PRENSA de ayer. Y hace, la jefa de la diplomacia japonesa, una valoración de nuestro país como si lo conociera de manera personal y directa, a pesar de que ella jamás ha estado aquí ni ningún otro canciller de Japón.
En términos individuales Japón fue, el año pasado, el país cooperante que aportó la más alta cuota de ayuda a Nicaragua, con el 27 por ciento del total. De modo que superó ampliamente a Alemania y Suecia, que ocuparon el segundo lugar, con 17 por ciento; y a Estados Unidos, que aportó el 13 por ciento. Y entre la versátil cooperación japonesa que se desparrama prácticamente sobre todo el territorio nacional, llama la atención la importancia que Japón le da al área de educación en la que aporta el 20 por ciento de toda su ayuda a Nicaragua, incluyendo a casi 650 becarios que han estudiado en aquel país diversas especialidades y han podido conocer más o menos a fondo su riqueza cultural.
La atención que la cooperación japonesa da a la educación es muy importante, sin dudas de ninguna clase, porque Japón es precisamente uno de los países y pueblos de cuyas experiencias y cultura los nicaragüenses debemos aprender, para superar nuestras limitaciones y apreciar el trabajo, la austeridad, el ahorro, la disciplina, el sentido del honor y el respeto a los contratos, que son características virtuosas de los japoneses, indispensables para salir de la dependencia, el atraso y la pobreza.
Japón representa una civilización milenaria que los extranjeros nunca terminan de descubrir y conocer, pero al mismo tiempo es artífice de una vida moderna, de un portentoso crecimiento tecnológico y un extraordinario potencial económico que lo han convertido en uno de los principales líderes de la comunidad internacional.
En 1945, al concluir la Segunda Guerra Mundial y luego de las pavorosas explosiones atómicas que arrasaron las ciudades y poblaciones de Hiroshima y Nagasaki, los japoneses emergieron de una situación de caos y destrucción mucho peor que la que había en Nicaragua al terminar el régimen totalitario sandinista y la guerra civil del FSLN con los contras.
Pero los japoneses no se pusieron a llorar sobre las ruinas, ni a lamentar su mala suerte, ni a echar sal y vinagre sobre las heridas, ni a maldecir al “imperialismo” yanqui, ni a esperar que el Estado y los demás países les resolvieran todos sus problemas. Por el contrario, ellos convirtieron la adversidad en oportunidad, aprovecharon al máximo la ayuda económica de los Estados Unidos y se dedicaron a trabajar sin descanso ni demandas reivindicacionistas, empeñados en reconstruir su país y convertirlo en la gran potencia mundial económica, comercial, técnica, científica y cultural que es ahora.
Los japoneses han logrado todo eso gracias a una ejemplar ética laboral, que según dijo a LA PRENSA (domingo 27 de abril de 2003) el ex embajador de Japón en Nicaragua, señor Kunio Shimizu, se basa en la educación. “Esa fue la llave del desarrollo rápido de posguerra”, aseguró.
Y lo mejor de todo fue que los japoneses se apropiaron de los valores democráticos de Occidente y demostraron de manera incuestionable que la libertad, los derechos individuales y la democracia también pueden florecer y dar sus mejores frutos en países donde por milenios imperó —y en algunos de ellos todavía sigue imperando— el recurrente despotismo asiático.