¿A la guerra con Colombia?

Los países pequeños, pobres y militarmente débiles, como Nicaragua, están obligados mucho más que los otros a cultivar la capacidad diplomática de sus representantes y negociadores, para defender y promover apropiadamente sus intereses y para que la solución de los conflictos planteados con los demás Estados sean resueltos de manera favorable a las conveniencias nacionales.

Por ejemplo, en el caso del diferendo territorial marítimo con Colombia, Nicaragua no puede dar una respuesta militarista a las expresiones belicosas que hizo el presidente colombiano Álvaro Uribe contra nuestro país, la semana pasada. Por el contrario, Nicaragua debe tratar de convertir en fuerza su propia debilidad, en el sentido de usar de la mejor manera posible la diplomacia para captar la simpatía de la opinión pública extranjera y ganar la disputa limítrofe en la Corte Internacional de Justicia de La Haya.

“Yo no creo que (Nicaragua) se atreva a explorar en esa área y simplemente Colombia no lo permitiría. Si se comienza la exploración (del crudo)se procedería con la Armada a evitarlo, claro que sí”, declaró, amenazante, el presidente colombiano, según la información que publicó LA PRENSA el viernes pasado.

Pero la Cancillería de Nicaragua respondió como se debía —de manera diplomática y correcta— al ex abrupto del presidente de Colombia. En realidad, no sólo en este caso sino que en general, del manejo adecuado o erróneo del lenguaje, de las relaciones y de los conflictos internacionales depende que éstos deriven a soluciones pacíficas o que degeneren en situaciones bélicas.

En el tratamiento del diferendo con Colombia las autoridades nicaragüenses no deben pensar en la posibilidad de librar ni siquiera alguna escaramuza armada. Por el contrario, tienen que confiar en el talento y la capacidad de los negociadores nacionales para demostrar la razón que nos asiste como país, y para que esa razón sea reconocida en los foros internacionales, particularmente en la Corte Internacional de La Haya.

En términos generales, el actual gobierno de la República ha hecho lo correcto al priorizar la preparación y el esfuerzo de los diplomáticos nicaragüenses que trabajan en el servicio exterior, en el dominio de las materias económicas, financieras, comerciales y arancelarias, a fin de promover que vengan al país más inversiones extranjeras y de buscar mercados favorables para los productos nacionales. Además, una adecuada e inteligente participación de diplomáticos nicaragüenses con sentido de economistas y financistas, en la negociación del Tratado de Libre Comercio de Centroamérica con Estados Unidos (CAFTA), será determinante para lograr una inserción apropiada en este eslabón regional de la globalización, que es la única que puede sacarnos del atraso, la pobreza y la dependencia.

Sin embargo, habida cuenta de que persisten los conflictos de Nicaragua con Costa Rica, Honduras y sobre todo con Colombia, es también muy importante tener diplomáticos que dominen el arte de la gestión y la negociación política, para evitar que las disputas fronterizas se conviertan en crisis binacionales y menos en enfrentamientos armados. Y sobre todo son indispensable tales diplomáticos para ganar los conflictos en las instancias internacionales de justicia.

Por ejemplo, es evidente que el presidente de Colombia, Álvaro Uribe, cometió una tremenda pifia al amenazar a Nicaragua con la fuerza militar por las concesiones de exploraciones petrolíferas en las aguas del Caribe que están claramente dentro del área de nuestra soberanía territorial, y que ni siquiera forman parte del territorio marítimo en disputa que espera una solución de la Corte Internacional de Justicia.

Tan evidente fue la “paseada” (error, falla) del presidente de Colombia, que las compañías concesionarias de la exploración petrolífera en el mar territorial nicaragüense, en el Caribe, lo emplazaron a demostrar que esas aguas son colombianas o que están dentro del territorio marítimo en litigio.

Pero las autoridades nicaragüenses han hecho bien al no calzarse el guante belicoso que les arrojó el presidente colombiano, pues aunque quisieran hacerlo saldríamos perdiendo por la abismal diferencia en fuerza militar que hay entre Nicaragua y Colombia.

Lo que tiene que hacer la diplomacia nicaragüense es aprovechar con inteligencia y habilidad el grave error del primer mandatario colombiano, y utilizarlo al máximo en beneficio de los intereses nacionales, en el juicio que se está llevando a cabo en La Haya.  

Editorial
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