El amor al odio

Para hoy, Día del Amor y la Amistad algunas organizaciones políticas y sociales –inclusive la que provocó los actos vandálicos del martes de esta semana en el centro de Managua– convocaron a una “marcha por amor a Nicaragua”. Se trata sin dudas de una denominación sarcástica, porque con toda razón las autoridades y el pueblo de Managua temen que podrían desencadenarse hoy nuevos y peores actos de violencia callejera que los del martes e impedir el festejo tranquilo de la celebración bonita y sentimental del 14 de febrero.

Es lamentable que algunas personas que todavía están dominadas por ideologías que se inspiran en el odio de clases quieran que en Nicaragua vuelvan a ocurrir sangrientos disturbios callejeros, como los que hubo no hace mucho tiempo en el país y los que hay ahora en Venezuela y Bolivia. Esas situaciones aciagas no deben volver a ocurrir en Nicaragua, donde la población ha sufrido demasiado por la violencia política y social y además tuvo que soportar los rigores de una dictadura autoritaria de derecha, y otra totalitaria de izquierda.

En efecto, el sistema de gobierno que otra vez quisieran imponer quienes hoy se lanzan a las calles a agitar la ciudad con menosprecio al derecho de las personas trabajadoras y pacíficas a celebrar con tranquilidad el Día del Amor y la Amistad, no resolvió los graves problemas económicos y sociales de la nación, sino que los agravó e hizo retroceder a Nicaragua por décadas en relación con los países vecinos. Lo único bueno fue que quedaron en evidencia quienes decían sustentar grandes ideales pero lo que querían era convertirse en millonarios.

Por cierto que la gigantesca deuda interna que frena las posibilidades de avance y desarrollo del país se debe precisamente a que el Estado –o mejor dicho los nicaragüenses que trabajan y pagan impuestos– fue obligado a indemnizar la piñata sandinista, a pagar por las empresas repartidas mediante la “concertación económica y social” y a cubrir las millonarias pérdidas de las quiebras bancarias fraudulentas, la mayor de las cuales fue la del sandinista Interbank.

En realidad, quienes ahora se lanzan a las calles y los que se oponen en la Asamblea Nacional al cumplimiento de los acuerdos con los organismos financieros internacionales y a los programas de austeridad y orden económico que se requieren para poder recibir los recursos de la cooperación externa, deberían pedir perdón a la nación por el mal que le hicieron en el pasado y cuyas consecuencias onerosas está pagando ahora toda la nación. Inclusive deberían devolver al menos parte de las riquezas que se apropiaron al amparo del poder y como resultado del chantaje político y las asonadas. Sólo así podrían reconciliarse realmente con la mayoría del pueblo nicaragüense que con mucha generosidad los ha tolerado y en ese caso podría perdonarlos.

Es deplorable que el Día del Amor y la Amistad sea mancillado con manifestaciones callejeras de odio, enemistad e intolerancia. Es amistad y solidaridad lo que se debe cultivar en Nicaragua, junto con el esfuerzo de sanear la institucionalidad democrática y salvaguardar la estabilidad nacional, que son condiciones indispensables para trabajar y crear riqueza, impulsar el crecimiento económico y salir de la pobreza.

La tolerancia basada en la integridad y la justicia, además de la solidaridad y el respeto por el prójimo, no sólo son un imperativo ético de nuestra época sino que además le hacen mucho bien en lo personal a quienes profesan y practican esos principios de convivencia. Se conoce que los neurocientíficos han comprobado que la caricia de una mano cariñosa produce resultados benéficos en la persona que la recibe. Han demostrado que el ser humano posee una red de nervios especialmente sensibles al placer que proporcionan las caricias de una madre o los abrazos de amor; con lo que han confirmado las hipótesis humanistas de que el ser humano, pese a todo lo malo que parece ser y como lamentablemente muchas veces actúa, es la única especie que por su propia naturaleza tiende al altruismo, la solidaridad y el amor.

Y quienes en Nicaragua todavía hoy predican y practican la lucha de clases y el odio y la intolerancia deberían entender eso, y respetar el derecho y la paz de quienes no piensan ni actúan como ellos.  

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