Sociedad y adolescentes

Sergio J. Cuarezma Terá[email protected]

Los medios de comunicación informan, como expresa María Teresa Martín López, de una aparente elevación de los delitos cometidos por adolescentes menores de 18 años, resaltan particularmente la violencia de éstos: peleas colectivas, vandalismo y pandillas. La delincuencia de los adolescentes es uno de los problemas sociales más sentidos de nuestra época. El oscilante pendular de la opinión pública entre la indiferencia absoluta y la máxima capacidad de alarma apunta a ésta última en nuestros días. Hay que destacar, sin embargo, que los adolescentes menores de 18 años no realizan actos de violencia ni delitos, ni más numerosos, proporcionalmente, ni más graves que los que cometen los adultos. Ni causan proporcionalmente un mayor perjuicio económico.

Para la profesora Martín López, la sociedad con ayuda de los medios de comunicación, crean una imagen estereotipada del adolescente delincuente que funciona a modo de “chivo expiatorio” sobre el que descarga miedos y frustraciones, cegada la sociedad por la incomprensión y el impulso de negar la propia responsabilidad en sus hechos. Por su parte, los adolescentes demuestran su estatus social a través de comportamientos visibles de desobediencia, conflicto, agresividad, transgresión, pero que no deja de ser una ficticia representación escénica, meros mensajes rituales. Lamentablemente, y no en pocos casos, este mecanismo para llamar la atención, es decir, exhibirse en público le induce a extralimitarse escapando de cualquier posible control. La violencia del adolescente se ha convertido en un medio de comunicación social y en mecanismo de integración social. En un primer momento, el adolescente obedece la regla familiar o comunitaria, después se desobedece y transgrede la disciplina debida y ya adulto e integrado socialmente en una madurez responsable el adolescente vuelve a obedecer y asume como suyas las reglas.

En la sociedad actual se promete a los jóvenes grandes cosas, las universidades se abren a los adolescentes, pero no todos por razones económicas tienen acceso a ellas, y cuando lo logran no siempre el título le será de utilidad; se ofertan cines, literatura, automóviles, ropa de moda, deportes, Internet, viajes, pero el adolescente no dispone de recursos económicos y cada vez tarda más en incorporarse al mundo del trabajo, cuando llega, y en muchas ocasiones en no muy buena situación laboral o en trabajos muy debajo de su formación, se potencian la independencia y libertad, pero sin vivienda propia permanecen en la casa materna y paterna toda la vida. La enseñanza, el empleo y la vivienda son oportunidades vitales para cada adolescente de cara a su inserción social adulta. Cuando estos medios se bloquean surge un desajuste individual y social en la adolescencia que puede llevar a la infracción de normas y a la violencia como respuesta reactiva; surgen auténticos caldos de cultivo de frustración, agresividad y violencia.

La sociedad adulta debe aportar nuevos valores a los adolescentes para que participen con el compromiso por el cambio social. La cultura de consumo crea artificialmente necesidades. Los adolescentes son las primeras víctimas, antesala de toda suerte de frustraciones. Esa nueva cultura ha de estar servida por una ambiciosa política social, en materia de educación, salud, seguridad social, vivienda, ocio, pues la política social es y sigue siendo el instrumento más eficaz y justo de prevención de los problemas sociales.

El autor es catedrático de Derecho Penal y Criminología.  

Editorial
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