León Núñ[email protected]
A partir del 20 de diciembre pasado se convirtió en un tema de diaria conversación la reorganización del gobierno. Los “comités de rumores” empezaron a propalar diferentes noticias sobre los nuevos ministros, sobre los que se iban y sobre los que se quedaban.
Yo creo que debido a una fuerte intoxicación de conversaciones de política doméstica —que a veces me dan ganas de salir corriendo de Nicaragua— estuve tratando de rehuir este tema, al que no le concedía la menor importancia.
El día 25 de diciembre llegué de vacaciones a Acoyapa, y en horas tempranas de la noche me puse a leer. Abrí el libro “El Príncipe” de Maquiavelo —que tengo cuarenta años de leer— y me salió el capítulo XXII titulado “De los ministros”, en donde el florentino dice que “la elección de los ministros es una de las cosas más importantes y que da mejor a conocer la sabiduría de los que gobiernan…”.
No había terminado de leer el examen que Federico el Grande hizo de este capítulo cuando me percaté que era importantísimo el tema de la reorganización ministerial porque no sólo es de fundamental interés para los gobernantes sino también para los gobernados.
Al día siguiente en la tarde, después de haber visto mis vacas y haberme bañado en el río, asistí a una tertulia en la esquina de Enitel en donde se estaba conversando del tema de la reestructuración del gobierno.
En esa tertulia esquinera solamente se habló de dos ministros: Pedro Solórzano y Norman Caldera. Todos cuestionaron a don Pedro. Hablaron de que la carretera que va de San Lorenzo a Múhan está totalmente destruida, y que al paso que íbamos, para ir a Acoyapa, pronto tendríamos que viajar, como antes, por Granada, atravesando el lago, y después a caballo.
Me contaron que hace seis meses entusiasmaron tanto las promesas de Pedro Solórzano que hasta le hicieron un fiestón, con chancho y todo, en San Lorenzo, en donde llegaron los alcaldes chontaleños, y que cuando don Pedro prometió que inmediatamente repararía la carretera, la alegría y los aplausos no se hicieron esperar. Me dijeron que en esa ocasión don Pedro hasta prometió regalar a las alcaldías de Chontales cincuenta mil adoquines. La triste realidad es que la carretera nunca la reparó y cuando los alcaldes llegaron por los adoquines dijo que se los habían robado.
Siguieron expresando mis coterráneos que don Pedro debía ser destituido; que ya están cansados de razones y que lo que quieren son resultados. Yo expuse mi opinión de que don Pedro debía seguir siendo ministro; pero que se inventara un ministerio para él: un Ministerio de Fiestas Patronales, que tendría como función la organización de Ben Hur en la mayoría de las ciudades de Nicaragua.
Todos sabemos que don Pedro, como discípulo de William Wyler, es el mejor especialista nicaragüense en la organización de este tipo de eventos, razón por la cual es el más capacitado para escoger, en cada pueblo, a los sucesores de Charlton Heston, Stephen Boyd… No es justo que solamente los vecinos de Managua sigan disfrutando de ese espectáculo.
De repente alguien me preguntó por el Canciller. Yo contesté que así como don Pedro Solórzano no está en su cargo adecuado tampoco lo está don Norman Caldera, porque don Norman no está dando lo mejor de sí, ya que su especialidad es la genealogía. Don Norman debía ser nombrado con rango de ministro, Asesor Presidencial para Asuntos Genealógicos. Me convencí de ello después de haber leído su monumental obra titulada “La descendencia del general don José Antonio Lacayo de Briones y Palacios en Nicaragua y el mundo”.
Los nombramientos de don Norman, primero en el gobierno de Alemán y ahora en el gobierno de don Enrique, están retrasando en el mundo el avance de la ciencia genealógica, que es la rama del saber humano en la que don Norman es verdaderamente brillante.
En la obra citada don Norman anunció la publicación de “La descendencia de los hermanos don Diego y don Narciso Argüello y Monsibais” e informó que estaba en estudio la genealogía de las familias Cardenal, Caldera, Mayorga, Sacasa, Chamorro y Cuadra. Desgraciadamente la ciencia genealógica no se verá pronto enriquecida por los aportes científicos de don Norman, pues todo parece indicar que seguirá en su mismo puesto.
A este respecto, es fácil observar que don Norman en todos los actos oficiales es el que inicia las aclamaciones a don Enrique, y lo acabo de ver el 21 de enero pasado, cuando el ingeniero Bolaños, en su discurso, no había hablado ni un minuto cuando fue interrumpido por una entusiasta salva de aplausos empezada por don Norman, quien aplaudía frenéticamente empinado, de puntillas, para que el Presidente de la República lo viera. Yo pienso que don Norman, además de poseer músculos muy fuertes en sus piernas debe utilizar en la punta de sus zapatos algo metálico, como las bailarinas de ballet, porque aplaude siempre de puntillas, con gran equilibrio y sin el menor asomo de cansancio.
Todo esto me ha hecho pensar que don Norman está postergando sus investigaciones genealógicas, pues es evidente que él quiere continuar “ayudándole” a don Enrique, para así poder, desde el Ministerio de Relaciones Exteriores seguir “sacrificándose” por Nicaragua, aún a costa del progreso de la genealogía “en Nicaragua y en el mundo”.
El autor es abogado, escritor y miembro del Consejo Editorial del diario LA PRENSA.