La izquierda como solución o como problema

Xavier Ruiz Ribes*

La llegada al poder de Lula da Silva en Brasil ha suscitado numerosos debates al entorno de su hipotética capacidad para afrontar los problemas y desafíos de su país. Más bien diría que la mayoría de las opiniones vertidas han expresado interrogantes estrictamente ideológicos, más que verdaderos argumentos sobre un programa y un equipo de gobierno, y se pueden resumir en dos grandes bloques: los que creen que Lula encarna un nuevo espíritu de izquierdas para una Latinoamérica rendida al poder del mercado, y los que ven al Partido de los Trabajadores como poco menos que un resurgimiento del comunismo en su versión más revolucionaria. Entre los dos extremos, sólo algunas opiniones más moderadas optan por la inteligente pero poco arriesgada táctica del felino: mirar y esperar.

Resulta curioso comprobar cómo el principal argumento de ataque aducido por los que se adhieren al segundo bloque desemboca en una fácil ecuación: Lula es de izquierdas (o sea que congrega todos los males) y, por consiguiente, la izquierda nunca será capaz de enderezar a Brasil y el presidente fracasará. Suscribir esta teoría supone, como mínimo, demostrar de entrada un espíritu bien poco democrático, y por dos razones claras: se etiqueta como “izquierda” todo aquello que se aparta un poco de las teorías neoliberales al uso (y por lo tanto caben en el mismo saco Felipe González y Fidel Castro, por poner dos nombres dispares) y a su vez se está negando algo que en democracia es fundamental: la alternancia en el poder, y no sólo de personas, sino también de ideologías.

Más allá del eterno debate izquierda-derecha, donde cada uno puede optar con libertad por adscribirse a un lado del eje, me interesa poner de relieve de qué manera ha triunfado un discurso en el cual la izquierda acaba siendo una etiqueta de múltiple uso, y a la vez arma arrojadiza contra quien propone ideas y programas renovadores. “Ah, ése es de izquierdas”, se dice, describiendo en un solo adjetivo un sinfín de limitaciones del contrincante (que casi nunca se explicitan, por cierto). ¿Pero bajo qué lógica se puede defender que existen unidades de criterio ideológico entre personas como los susodichos González y Castro, o como Mitterrand, Chávez, Tony Blair, Daniel Ortega y el mismísimo Lula, por no irnos ya a los albores del comunismo con Lenin? ¿A quien le ha interesado simplificar hasta este extremo la política y el debate programático? Sin duda, no a los que se autoproclaman de izquierdas.

Pero lo más paradójico de todo es comprobar qué ha estado pasando en Latinoamérica durante estas últimas décadas, pues se supone que un análisis profundo y no dogmático de la realidad del continente puede dar pautas de hacia dónde vamos y por qué. Para ello es necesario recurrir a los indicadores estadísticos, fuente siempre fiable, aunque no única, de descripción de la historia en un momento determinado. Si analizamos los indicadores de las organizaciones multilaterales a partir de los documentos que se editan cada año, comprobaremos que a grandes rasgos no hay avances, y en la mayoría de los casos solo retrocesos, en los ámbitos básicos de desarrollo social: educación, sanidad, alfabetización, vivienda, por no hablar de índices de pobreza e ingresos por familia.

Como vivimos en un mundo en el cual no todo se rige por azar, se supone que alguien debe responsabilizarse de que ahora estemos como estamos. Si existen democracias, y por tanto un pueblo soberano que elige a sus políticos y gestores, alguien debe dar cuentas de los retrocesos sufridos y que afectan a millones de personas que no han podido acceder a un nivel de bienestar aceptable. No sirve achacar a una “coyuntura mundial” un problema que se enraíza en cada nación y que puede incluso obtener respuestas a nivel local. ¿Dónde están los que deben dar explicaciones de esta situación? ¿Qué políticas han implementado y por qué no han dado los frutos previstos?

Por eso es paradójico, decía, que de pronto los culpables pasen a ser los recién llegados: Lula ya es tachado, incluso antes de lanzar su programa “hambre cero”, de incompetente. Ah, pero ¿es que acaso el anterior presidente ya había logrado terminar con el hambre en Brasil, o había escolarizado a toda la población infantil? ¿O acaso alguien piensa que esas no son prioridades de un programa de gobierno, o que son imposibles de aplicar y hay que aceptar las desigualdades sociales en este planeta?. Espero que alguien se haya parado a pensar que quizá la nueva izquierda que encarna Lula sea la del siglo XXI, que quizá no pretenda reinstaurar los soviets ni entrar en el Parlamento a caballo bajo el grito de “proletarios al poder”… pero claro, el saco es muy grande y ahí dentro cabe todo.

Pero si nos empeñamos en dar color político a algo tan urgente y necesario como sacar de la pobreza a millones de personas, entonces nos podemos pasar décadas discutiendo mientras crecen las favelas en cualquier ciudad. El hambre no es de izquierdas ni es de derechas: es un problema de todos, y a todos nos concierne. Y también responsabilidad nuestra es saber escoger a las personas que han de gestionar los proyectos de ayuda y desarrollo. Si bien es cierto, y hay que ponerlo de relieve, que los conceptos ligados a reparto equitativo de la riqueza y justicia social siempre han estado ligados a un concepto de la política que parte de una izquierda renovadora y progresista. Y eso es precisamente lo que necesita la izquierda: renovarse y ofrecer propuestas creíbles y con programas de acción concretos, ofrecer verdaderos modelos alternativos de concepción de la sociedad, y poner al frente de ello a personas capaces, poco dogmáticas y con un real espíritu de lucha por la libertad y la igualdad. En Brasil, en Nicaragua y en cualquier parte del mundo.

Y también se necesita que los agoreros de siempre sean capaces de dar confianza a los que siguen esa senda renovadora, por más que sigan pensando que el neoliberalismo y la ley del más fuerte son los que nos van a dar pan a todos.

* El autor es concejal español.  

Editorial
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