José Martí en “Los Raros” de Darío

Jorge Eduardo Arellano*

En el obituario que dedicara nuestro Rubén Darío a ese constructor del “Nosotros” latinoamericano que fue José Martí (1853-1895), en su libro Los raros (1896), dejó escrito: “¡Oh Cuba! Eres muy bella, ciertamente, y hacen gloriosa obra los hijos tuyos porque te quieren libre. Cuba admirable y rica y cien veces bendecida por mi lengua; más la sangre de Martí te pertenece; pertenecía a una briosa juventud que pierde en él quizás al primero de sus maestros; pertenecía al porvenir”.

Porque, para Rubén Darío sólo dos veces había intentado aparecer el genio en la América española: la primera en “un hombre ilustre de esta tierra” [Argentina], refiriéndose a Domingo Faustino Sarmiento (1811-1888); la segunda, en un cubano de dimensión americana: José Martí, pero, más que esa categoría, el último mostraba rasgos de súper-hombre moral e intelectual: “…era como debía ser el verdadero súper-hombre. Grande y viril, poseído del secreto de la excelencia”.

Pero este súper-hombre, dechado de piedad, siempre ostentó un sustrato ético que lo condujo al concepto sacralizado de la auto inmolación. En otras palabras, trasladaba al plano social su pensar religioso, como lo expresaría en una de sus máximas claves: “En la cruz murió un hombre un día; en la cruz ha de aprenderse a morir todos los días”. De ahí que Darío observe: “Subió a Dios, por la pasión, por el dolor. Padeció mucho Martí; desde las túnicas consumidores del temperamento y la enfermedad, hasta la inmensa pena del señalado que se siente desconocido entre la general estolidez ambiente; y por último, desbordante de amor y de patriótica locura, consagróse a seguir una triste estrella, la estrella solitaria de la isla, estrella engañosa que llevó a ese desventurado rey mago a caer de pronto en la más negra muerte”.

“¡La más negra muerte!”. He ahí esas líneas de ‘Los raros’ en las cuales Darío plantea la opción martiana de entregarse a la muerte, a través de un virtual auto sacrificio para realizar su destino personal. La maduración de esa entrega, a lo largo de su malograda vida —¡42 años!—, la fue plasmando intensamente en sus versos. Así lo han demostrado numerosos críticos, entre ellos el español Antonio Oliver Belmás.

Este se interroga: “¿Qué muerto es el que muere en la acción de Dos Ríos? El que Martí había ido madurando en su agonismo diario o el combatiente que, según Rubén, no debió ir al combate, porque América lo necesitaba”. Y se responde: “Yo sospecho que en verdad a quien rinde honores en Santiago de Cuba la columna española de Ximénez de Sandoval, más que el cadáver del guerrero Martí, es el muerto que Martí guardaba a quien se debe su vida toda, y por tanto, su poesía”.

Para Darío, la decisión que tuvo el cubano de sacrificarse, de inmolarse por la causa superior o “estrella” que guiaba su existencia, truncó para siempre un futuro extraordinario que incluía la Presidencia de Cuba independiente y verdaderamente soberana, ya que Martí había sido “cabeza, portavoz, apóstol, lengua, clarín” de la insurrección en Cuba. Y este reproche lo expone con claridad en su hermoso panegírico elegíaco: “Y ahora, maestro y autor y amigo; perdona que te guardemos rencor los que te amamos y admiramos, por haber ido a exponer el tesoro de tu talento. Luego sabrá el mundo lo que tú eres, pues la justicia de Dios es infinita, y señala a cada cual su legítima gloria, Cuba quizás tarde en cumplir contigo como debe. La juventud americana te saluda y te llora, pero, ¡oh Maestro, qué has hecho…!”.

Es decir: rechaza su opción heroica de adorar hasta la muerte el “ídolo luminoso y terrible de la Patria”, adoración, como hemos indicado, de raíz ética y religiosa, pues su weltanschauung laica y antropocéntrica la había canalizado en una “religión”: el patriotismo. Su convicción lo revelaba: “La Patria es agonía y deber”. Ahora bien, este patriotismo le exigía ofrecerse en sacrificio por la independencia de Cuba. Y así lo hizo.

De ahí que Darío, lejos de justificar ese destino suicida que enaltecerían, según él, “los tambores de la mediocridad” y los “clarines del patrioterismo”, haya calificado a su autor de infortunado y escrito el 9 de junio de 1895 a un íntimo amigo argentino, Luis Berisso: “Hablemos de otros asuntos, por ejemplo de ese pobre y grande Martí. ¿Qué le parece esa desgracia inmensa?”. Tal fue el final de ese verdadero superhombre y no falso, como el de Nietzsche, impugnado en su “Letanía de nuestro Señor Don Quijote” (1905): “de los superhombres de Nietzsche… líbranos, Señor”.

El obituario sobre Martí, publicado en el Diario La Nación trece días después de su caída, Darío lo incluyó en ‘Los raros’ porque el cubano era su principal maestro en la prosa, aspecto que reconoce ampliamente al evocar la sábana de antaño del diario porteño y sus kilométricas epístolas enviadas desde Nueva York. Apartando una que otra rara ramazón sin flor o fruto, en ellas surgía Martí pensador y filósofo, pintor y músico, poeta siempre. “Con una magia incomparable —prosigue—, hacía ver aquí unos Estados Unidos vivos y palpitantes, con su sol y sus almas, por diez centavos…”

Su memoria se perdía en aquella montaña de imágenes, pero recordaba un Grant marcial y un Sherman heroico que no había visto más bellos en ninguna parte; una llegada de héroes del Polo, un puente de Brooklyn literario igual al del hierro; una hercúlea descripción de una exposición agrícola, “vasta como los establos de Augías; unas primaveras floridas y unos veranos; ¡oh sí!, mejores que los naturales; unos indios sioux que hablaban en lengua de Martí como si Manitú mismo los inspirase; unas nevadas que daban frío verdadero y un Walt Whitman patriarcal, prestigioso, líricamente augusto, antes, mucho antes de que Francia conociera por Sarrazin al bíblico autor de Hojas de yerba”.

Decidida por Martí, la prosa rubendariana de esta semblanza —supremo ejemplo de imitación creadora— se remontaba a unos párrafos del ensayo “La Literatura en Centroamérica” (1888), ya definidos por el estilo del gran antillano: “Otro llegó hace algún tiempo a Guatemala. Era un cubano. Su palabra fácil y vibrante, su hablar precipitado, su decir mucho, no gustaron. Y eso que desempeñaba una clasecita de tres al cuarto, en cuanto a remuneración. Hoy ese hombre es famoso, triunfa, esplende, porque escribe, a nuestro modo de juzgar, más brillantemente que ninguno de España o de América; porque su pluma es rica y soberbia; porque cada frase suya si no es de hierro, es de oro, o huele a rosas, o es llamarada; porque se fue a ese gran país de los yanquis y ahí escribió en correcto inglés en The Sun donde Dana lo estima; porque fotografía y esculpe en la palabra lengua, pinta o cuaja la idea, cristalizado el verbo en la letra, y su pensamiento es un relámpago y su palabra un témpano o una lámina de plata o un estampido. A veces, un titán coge un hacha gigantesca y destronca una selva. Los árboles que caen espantan el silencio solemne. Más cuando el poeta en prosa os habla del amor, ¡oh lectores! O del arte, o de todo lo del alma que es cándido y sensible, oiréis un arpa eolia o el arrullo de un coro de palomas. Ese escritor se llama José Martí. Martí alcanzó a escribir en El Porvenir de Guatemala algunos artículos y después partió. Recordemos que el salvadoreño Francisco Castañeda —por otra parte persona inteligente y buen escritor— nos decía que Martí en Guatemala “no había gustado, y con razón” ¡José Martí! El que hoy con Castelar, con De Amicis, con Ortega Munilla y otras plumas de primer orden, forman en La Nación de Buenos Aires el grupo más brillante de corresponsales que jamás haya tenido diario alguno en el mundo”.

Pero no deseamos reiterar precisiones históricas, sino establecer que Darío —con todo su fundamental reproche referido— en ‘Los raros’ el lamento más tierno, sincero y angustiado que produjo la muerte de Martí. Además, contribuye a su deidificación, rindiéndole un no disimulado culto que mantendrían con mayor firmeza en trabajos posteriores; descubre su naturaleza poética, entonces oculta o poco difundida, y señala su contenido antiimperalista al apuntar: “y cuando el famoso congreso panamericano, sus cartas fueron sencillamente un libro…

En aquellas correspondencias hablaba de los peligros del yanqui, de los ojos cuidadosos que debía tener la América Latina respecto a la hermana mayor; y de fondo de aquella frase que una boca argentina opuso a la frase de Monroe”.

Esta frase era: “sea América para la humanidad” y la “boca argentina” la de Roque Sáenz Peña (1851-1914), delegado a la Conferencia Internacional Americana celebrada en Washington desde finales de 1889 hasta principios de 1890. He ahí a Darío: utilizando los recursos estilísticos de su maestro y absorbiendo su apostolado; un Darío martiano, admirador del varón puro y del dulce amigo, de aquel cerebro cósmico, de aquella vasta alma, de aquel concentrado y humano universo que lo tuvo todo: la acción y el ensueño, el ideal y la vida, una épica muerte y, en América, una segura inmortalidad.

* El autor es Director de la Academia de la Lengua de Nicaragua, miembro del Consejo Editorial de LA PRENSA.

  

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