Eduardo Enrí[email protected]
Confieso que me tentaba escribir de nuevo sobre el tema del presupuesto, los padrastros y el veto parcial. Pero como ya sabemos que los padrastros —tanto liberales como sandinistas— sólo quieren obligar al gobierno a una negociación para satisfacer sus intereses partidistas y personales, entonces el tema, aunque importante, se torna aburrido.
Por suerte está el informe de la OEA sobre el caso de las armas que de Managua fueron a parar a los paramilitares en Colombia. La verdad, no me asombra que la inexplicable transacción se haya realizado. ¡Si en esos años la consigna era “¡agarrar y agarrar como si el mundo se fuera a terminar!”
Pero el episodio nos sirve para retomar un tema que aquí los gobernantes no abordan por miedo. Comencemos con una pregunta tonta: ¿estaríamos en este problema si no tuviéramos armas? Pasemos a una seria: ¿Para qué nos han servido las armas? Y terminemos con la que inspira terror a los políticos: ¿Sirve para algo positivo el ejército?
Nicaragua no necesita el tipo de ejército que tenemos; con tanques, infantería y hasta un triste remedo de Fuerza Aérea y Marina.
Cuando uno habla de esto con militares se sacan de la manga un término que si se examina bien debe mover a la risa. Ellos hablan de “balance de fuerzas regionales”. Eso quiere decir que ningún país de la región puede bajar la guardia ante la supuesta amenaza de sus vecinos porque de lo contrario se vuelve vulnerable. Pero, ¿es cierto eso?
Sinceramente, ¿de dónde va a sacar Honduras para hacer una guerra? ¿Estarían los ticos dispuestos a sacrificar su reputación de país sin ejército por atacar a Nicaragua? Y en cuanto a El Salvador —dicho sea de paso, en la actualidad el mejor amigo de Nicaragua en Centroamérica— ¿tendrá algún interés de sacrificar su pujante economía para enfrascarse en una guerra? Esos tiempos ya pasaron.
Y aún si Colombia llegara a encontrar tiempo para distraerse de su sangrienta guerra interna para venir a pelear unos islotes, ¿qué podríamos hacer? ¿repelerlos con cayucos? Sí, así de absurdo es para Nicaragua tener un ejército que, aunque se ha modernizado y ya no es un órgano de represión como lo fueron la Guardia Nacional y el Ejército Popular Sandinista, sí nos ha puesto en ridículo a nivel internacional con esto de que se pusieron a hacer el negocio de Aladino al cambiar armas nuevas por viejas y ni siquiera sabían con quién. Si esas van a ser las “hazañas” de los coronelotes, ¿para qué los queremos?
Cuando el presidente Enrique Bolaños podía hablar del tema con libertad dio una solución real al problema del ejército: Necesitamos transformarlo, dijo, para que se limite a proteger fronteras, combatir el narcotráfico y el terrorismo y sobre todo para que se convierta en un poderoso cuerpo de respuesta ante un verdadero enemigo: los desastres naturales. Ahí está la razón de ser para un ejército en este país. Debe convertirse en un cuerpo pequeño, ágil y enfocado en esas cuatro tareas.
Claro, ahora que es presidente don Enrique no va siquiera a insinuar el tema. Sería una locura, en las carnes que está, abrir un nuevo frente con los militares. Pero los nicaragüenses sí tenemos el deber de tomar en serio este tema y ver qué hacemos con un cuerpo armado que hoy, cuando está en su mejor momento, sólo ha servido para ponernos en ridículo.