Marco A. Valle Martí[email protected]
Con relación a mi columna “El nicaragüense ¿es violento?”, del 8 de enero pasado, algunos amigos lectores me escribieron —citando datos de la sección de sucesos de los periódicos— expresando que Nicaragua es un país violento y que por eso es difícil vivir aquí. Al mismo tiempo que les agradezco sus comentarios, aprovecho para escribir en 550 palabras ciertas acotaciones sobre la violencia.
En primer lugar, no hay dudas que el nivel de violencia común (no política) y su grado de peligrosidad está aumentando en Nicaragua, es decir existe tendencia al incremento de los hechos violentos así como de la probabilidad que la víctima pierda la vida, sufra lesiones graves, o quede con secuelas permanentes. Una muestra inmediata son los accidentes de tránsito provocados por los buseros, homicidios de mujeres por sus ex maridos, muertes de jóvenes provocadas por pleitos entre pandillas, violaciones de niñas, adolescentes y jóvenes, robos con intimidación con arma de fuego, y consumo de drogas.
Efectivamente a este panorama hay que ponerle atención para contenerlo y que no se deteriore más, puesto que combinado con problemas de desempleo, pobreza, entrabes políticos partidarios y, crisis de valores, puede llevar a una parte de la población a perder las esperanzas en que las cosas serán mejor en el futuro próximo, además del impacto negativo que tiene en la productividad diaria y en los planes de inversión nacional y extranjera. Hay que evitar que este círculo perverso se consolide.
Ahora bien, en segundo lugar, este ambiente de ninguna manera invalida que nuestro país posee uno de los mejores niveles de seguridad ciudadana de Centroamérica, y que la imagen de país violento nos la ha dado la violencia política partidaria, pero que de allí no hay que inferir que los y las nicaragüenses sean violentos. Como muestra un botón: Para la inversión extranjera, los riesgos de Guatemala, El Salvador y Honduras tienen relación cercana con la inseguridad física (violencia común), en tanto los riesgos de Nicaragua están más ligados a la inseguridad jurídica e inestabilidad política. Otro: Es tal el poder de las pandillas en Honduras que la Iglesia Católica emitió una carta abierta sobre el caso y se está hablando de llegar a la reconciliación gobierno-pandillas-sociedad.
En tercer lugar, con miras a contribuir a la construcción de una visión de nación, en mis análisis sobre seguridad ciudadana en Nicaragua (y Centroamérica) recurro a una perspectiva de largo aliento, o sea que me baso en el período 1821 hasta hoy, ya que permite aprehender las tendencias, continuidades y rupturas, e igualmente proporciona bases para ensayar generalizaciones acerca del universo de la violencia, contribuyendo a los ejercicios de prospectiva.
De igual manera, y en cuarto lugar, analizar la situación actual inserta en la visión de largo plazo, coadyuva a desbrozar con mayor solidez las fortalezas y oportunidades, lo mismo que las debilidades y amenazas que tiene el país, para de esa forma sugerir mejores alternativas.
Finalmente, de cara a la posibilidad del deterioro de los niveles actuales de seguridad, se trata de profundizar los estudios e intervenciones sobre los factores asociados a la generación de violencia, teniendo presente que no todas las expresiones de violencia son iguales ni tampoco lo son los diversos factores que las generan.
El autor es consultor en seguridad ciudadana.