Solos en la lucha

Joaquín Absalón Pastora

La imagen de Hugo Chávez está metida en el aro visual de Latinoamérica. La mirada es atrapada por un figurón en cuya charlatanería, desde el balcón de Miraflores, “Dios lo ama y por eso lo tiene en el poder”. Ni Castro, su maestro, ha concebido esas pedanterías.

El tipo se desenvuelve y disuelve entre manojos de frases pintorescas. De hablar está hecha la esencia de su mandato. En “Aló Presidente” lo que le contesta es “un chorro de sangre”.

Pero lo más importante es saber cuál será el desenlace del empantanamiento. Siento como observador que el panorama está dibujado por los instrumentos de la violencia. La “guerra civil” o la anarquía atrapante en la calle. Tanto lo uno como lo otro pueden verse con sólo admitirse la presencia de dos bandos definidos en sus respectivas posiciones: los chavistas y los anti-chavistas. Así como en Nicaragua los hubo entre revolucionarios y contrarrevolucionarios.

La diferencia está en qué—en la penosa actualidad—se enfrentan con las piedras o con las botellas o a matonazo limpio. El germen está puesto, es incisivo e incontenible en su persistencia aunque los venezolanos antichavistas le quiten méritos al idealismo “bolivariano” de los simpatizantes del gobierno a quienes consideran atraídos o pagados con dineros provenientes de las confidencias del estado. Mientras el movimiento de la oposición se asigna el desinterés en lo material.

Sea cual fuere la manufactura genética de los dos sectores, lo cierto es que existen y podrían pasar de lo rudimentario a lo mortalmente sonoro de los disparos y es ahí donde nacen y se desarrollan las guerras civiles entre los hermanos del mismo origen sin más efecto que el desastroso que pone a la víctima lustros atrás de las cercanas y regionales civilizaciones. Caso de Nicaragua respecto de Centroamérica.

La esperanza del desenlace pacífico a través de una certera mediación de la OEA parece concebirse sólo en los ángulos difusos del sueño. El recordado periodista Leonardo Lacayo Ocampo solía decir: “O.E.A. significa en sus siglas, olvidemos este asunto”. Desde que comenzó el problema su participación ha sido resolver con el olvido, con las tácticas dilatorias para que el tiempo pase entre ineficaces incursiones de protocolo sin que haya resultados.

Dónde está, qué se hizo la O.E.A. que condenó a Somoza. Otros tiempos quizá, pero dónde está su operatividad. La carta democrática de América Latina se consume en el mundillo de las polillas. Quienes la suscribieron aparecen como corifeos de ocasión. No espera pues, Venezuela de los viajes turísticos de Gaviria ninguna fórmula para disecar el fantasma de la guerra, hasta que su piel haya sido crispada por la suma intolerable de las víctimas. Si hablaran las caídas en la plaza de Altamira.

Vease el empantanamiento —ésa es la mejor calificación— sin el acompañamiento del excesivo optimismo o del excesivo pesimismo. Sin ninguna de esas influencias, el cuadro está rodeado de sombras, excepción hecha de que cuaje el bendito “referéndum”, siendo posible el revocatorio de agosto con el que Chávez gana aunque pierda porque quedarían intactas sus estructuras además del beneficio que le prodiga el transcurso del tiempo.

Mientras no se quite a Chávez del poder resguardado por seis generales bien amamantados, mientras los organismos internacionales dejan a los venezolanos solos en su lucha, estos continuarán desangrándose entre ellos mismos. El existente dolor o probable festejo será únicamente de ellos.

El autor es periodista.  

Editorial
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