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El ministro de Gobernación, Arturo Harding, dijo que hace falta “una bazuca” para frenar los atropellos de los conductores de buses en las calles de Managua, lo que me parece una expresión más de la impotencia que sufre la mayoría de ciudadanos cuando son atropellados, o escapan de serlo, y se percatan que ninguna ley ni autoridad les protege.
Los ciudadanos se debaten entre las leyes que aplican las instituciones públicas y la “ley” del más fuerte que se arrogan buseros y taxistas, a quienes importa poco cualquier norma o señal de tránsito, porque las mismas autoridades se lo han permitido, conscientes o no, al tratarlos con flexibilidad.
Los conductores de buses colectivos provocaron más del 60 por ciento de un total de 1800 accidentes de tránsito, según los últimos registros de la Policía.
Está bien que ahora las autoridades se nieguen a conceder a los transportistas un aumento en la tarifa del pasaje, mientras estos persistan en brindar un mal servicio a los pasajeros y en conducir como locos, sin respetar a los demás ciudadanos.
También es necesario que la Policía obligue a los buseros a pasar por exámenes sicológicos, para detectar qué tan peligrosos son para la ciudadanía, según su desorden mental, porque en esa medida les darán o negarán la licencia de conducir.
Las licencias para manejar un bus deben tener las mismas exigencias que para portar una pistola, entre éstas una valoración sicológica de los portadores, porque los dos instrumentos se vuelven un gran peligro para la población si están en manos de personas con desequilibrios emocionales.
Uno de los líderes del grupo de empresarios que monopoliza el transporte urbano de Managua, dijo que la mala conducta de los choferes de buses es tan difícil de erradicar, como las pandillas que asedian los barrios marginales o la corrupción del Estado, atribuyéndole un carácter delictivo al comportamiento de sus empleados.
Lo peor es que el representante de los buseros parecía enorgullecerse de la hostilidad con que se conducen, que hasta la enarbola amenazante para que el gobierno ceda una vez más y les dé otra tajada de subsidios, que para los empresarios significa más ganancias y para los usuarios las mismas o más penurias.
Los taxistas igual merecen ser enviados al psicólogo, porque se han convertido en otra amenaza para los habitantes de Managua, por la forma desmedida con que manejan. Según la Policía, 1,118 accidentes fueron ocasionados el año pasado por taxistas que conducían a alta velocidad o desobedecieron las señales de tránsito.
Independiente de que los buseros vayan al psicólogo y sus vehículos sean chequeados, la Policía tiene que demostrar su autoridad y sancionarlos cuando violen la ley, porque existe la percepción de que sólo multan a los conductores particulares mientras los choferes del transporte público se ríen de los agentes de tránsito, de los usuarios y de los ciudadanos en general.