Rosario Sánchez de Daboub
El año 2003 no se anuncia venturoso en Nicaragua. Los efectos desestabilizadores de quienes se oponen a la política oficialmente sostenida por el gobierno en contra de la corrupción, generan al menos desesperanza. Será un año difícil, conturbado por quienes agotan los recursos de la Nación en su sorda lucha por acomodar mezquinos intereses. Las circunstancias económicas y sociales compulsan al estamento político a tomar decisiones patrióticas; acciones proclives al diálogo; a la reflexión serena, responsable y nacionalista.
Unificar a la nación en un propósito forzado de sacrificio y comprensión al lado del gobernante Enrique Bolaños, debe imponerse como premisa dejando a un lado colores políticos, religiosos o étnicos. El Presidente representa constitucionalmente el liderazgo más relevante del país. Su administración heredó la crisis economica, política y social que arrastra como peso muerto un pueblo merecedor de mejores destinos. Su trabajo a lo largo de un año ha sido duro y embarazoso. El marcado destino por ordenar la administración pública dentro de mecanismos modernos de transparencia, que impidan para siempre un retorno a las corrosivas prácticas que en el pasado ha dejado a Nicaragua una historia vergonzosa de corrupción imperdonable, proyecta al presidente Bolaños, dentro del aura de prestigio internacional deseable para reconquistar la confianza perdida. La fe en la democracia nicaragüense y el fortalecimiento institucional que la comunidad donante justamente reclama.
Los desafíos para el 2003 no tienen prórroga, ni se ajustarán al capricho de minorías insensatas atadas a otras épocas, que en la Nicaragua de hoy y del futuro, no tienen manera de volver. Una evolución cívica y democrática en marcha toma impulso y su provechosa disciplina augura mejores tiempos para el sufrido pueblo, que ha sido espectador y víctima de tanta miseria humana y de tanto egoísmo cruel.
Advertir que una nueva conciencia toma forma para digerir los liderazgos políticos y las responsabilidades cívicas, es lo menos que cada nicaragüense debe considerar en la intimidad de sus más secretos pensamientos y propósitos. Responder al llamado de la Nación para integrarse a la fuerza de trabajo que primero exige una real e impostergable unidad, es una obligación ineludible, porque en la medida que los nicaragüenses todos, se entiendan y abandonen las confrontaciones costosas e inútiles, el pueblo en lo general saldrá airoso de la prueba.
Nicaragua en el años 2003 requiere del esfuerzo integrado de todos los sectores de una Nación, que ha sido generosa en aportar la sangre de sus mártires, el coraje de sus héroes, la pluma indeclinable de sus intelectuales. Demanda ahora la concertación de sus fuerzas morales y cívicas en apoyo inmediato al presidente Bolaños, porque sólo respaldando su conducción, el pueblo unido podrá ayudarlo a conducir la crisis hacia soluciones prácticas y realistas. Nadie puede asumir posiciones, o derechos que se opongan a una conciliación y a un esfuerzo común obligatorio e impostergable.
La autora es empresaria industrial nicaragüense