Alejandro Serrano [email protected]
Rubén Darío no sólo renovó la lengua castellana, sino que incorporó también la cultura española y americana al humanismo occidental. La fuerza de Darío en el mundo hispánico trasciende los términos en que estaba planteado el debate entre la visón europea de España y la visión española de Europa; entre un españolismo que pretende salvar a España incorporándola al destino de Europa y un hispanismo que trata de protegerla de la Europa liberal y democrática reviviendo una cristiandad medieval al estilo de las ideas del imperio ecuménico de Carlos V.
Darío trasciende a ambas, ni España sin América, ni América sin Europa. El llamado “Desastre Español” cuya más dramática manifestación se produce en 1898 con la pérdida para España de Cuba, Puerto Rico y Filipinas, es la culminación de un proceso que paradójicamente se inicia al mismo tiempo en que comienza la construcción de uno de los imperios más grandes en la historia.
El caso español fue un intento de prolongar contra corriente una época que ya había agotado sus posibilidades históricas y en ese afán, no pudo fundar en un marco innovador y moderno lo más valioso que la conquista y la colonia trajeron consigo: el mestizaje cultural y la proyección de la lengua sobre nuevos hombres, nuevas tierras, nuevas culturas y nuevas civilizaciones. Eso lo realizaría después Rubén Darío.
La corriente que sustenta la Generación del 98, Ganivet, el precursor, Maeztu, Unamuno, Azorín, Baroja, en medio de sus diferencias, a veces significativas, será caracterizada por el esfuerzo de inserción de España en Europa construyendo el futuro mediante el rescate del pasado; un esfuerzo por salvar a España a través de su europeización, pero españolizando a Europa a partir de sus esencias castizas y clásicas.
A la otra corriente, la hispanista, conservadora y tradicional, más que el rescate para España del espacio geográfico, político y cultural de la Europa de fines del Siglo XIX y comienzos del Siglo XX, interesa la recuperación de la Edad Media Feudal española para lo cual América representa un invaluable e inevitable escenario. Esto va a influenciar de manera notable los movimientos de la vanguardia hispanoamericana, entre las que la Vanguardia nicaragüense no fue una excepción.
El Modernismo y el Romanticismo, de los cuales Rubén Darío fue el jefe de filas en la cultura hispanoamericana, en medio de idas y venidas y no sin ciertas contradicciones y oropeles de cisnes, princesas, abanicos y marquesas, tan invocados para acusar a Darío de decadente, va a suponer la superación histórica de ambas posiciones analizadas. Esto explica, en parte, la reacción ante Darío de la Generación del 98 en España, y la actitud originaria del Movimiento de Vanguardia en Nicaragua.
Darío abrió a las letras hispanas, las puertas de la modernidad y de la cultura universal. El Modernismo fue una reacción antimoderna pero dentro de la modernidad. En cierta forma fue una especie de modernidad tardía, una forma poética y literaria y también una visión del mundo cuyas características históricas más salientes, sobre todo en Darío son: el rechazo al provincianismo español e hispanoamericano, la búsqueda de nuevos símbolos poéticos y de un nuevo ritmo, la libertad total de expresión y la intención y ansias incontenibles de universalidad.
La lección de fondo que deja su obra, es la idea de que lo universal se inicia en las raíces de la propia tradición y que la identidad verdadera, no la de aldea, es aquella capaz de incorporar a lo propio, el fruto de otras culturas y civilizaciones.
Esta actitud de Darío en la cultura es, en su sentido más auténtico, un humanismo, en tanto forma de entender o construir el mundo en su expresión más elevada. Lo que Darío hizo en la cultura, su capacidad de integración y de síntesis, constituye, a mi modo de ver, una profunda lección que debe ser un inexcusable referente ante la crisis de nuestro tiempo que tiene una doble y paradójica dimensión: la uniformidad y la fragmentación. La misión y visión de las culturas particulares adquieren, a partir del legado de Rubén Darío, un sentido más claro y profundo cuando se las relacionan con su perspectiva universal que resulta de la integración de experiencias y valores plurales.
Darío al integrar culturas y perspectivas en su obra poética no sólo inventó un mundo, sino una forma de construir ese mundo, un método, un camino. Nuestra época que por un lado uniforma y por el otro fragmenta, que oscila entre la globalización y la tribu, requiere hoy más que nunca, la vocación de pluralidad integrada, como la única y tolerable condición de universalidad.
Todo esfuerzo para la construcción del humanismo de la era tecnológica, para poder participar sin degradarnos en la maravilla de la ciencia y la tecnología y prevenir la aparición de una legión de bárbaros digitalizados, pasa necesariamente por la construcción teórica y práctica de nuestro tiempo.
El legado de Darío es a la vez un ejemplo y un desafío. Ejemplo, en tanto su obra es un notable esfuerzo de integración de plurales y diversas formas, una angustia creadora de belleza, una búsqueda perpetua a través de múltiples expresiones culturales, “yo persigo una forma que no encuentra su estilo…”; un desafío, en la medida que nos enseña que el arte salva y la belleza purifica, y que cada tiempo debe construir su propia grandeza, que no basta el conocimiento solo, pues también es necesaria la imaginación, que el porvenir es hijo de lo que hoy hacemos o dejamos de hacer y que para construir el futuro hay que imaginarlo primero. Ese es su profundo humanismo, el legado de Darío a nuestro tiempo.
El autor es filósofo y miembro del Consejo Editorial de LA PRENSA