Eduardo Enrí[email protected]
Dice el libro del Génesis que Abraham convenció a Dios de no destruir la ciudad de Sodoma, que había cometido gravísimos pecados, si lograba encontrar 10 personas justas dentro de ella. Abraham no pudo encontrarlas y Sodoma fue destruida junto a Gomorra.
El jueves que veía por televisión la fallida sesión en la Asamblea Nacional recordé ese pasaje bíblico. Lejos de pretender comparar a don Enrique Bolaños con Abraham en el sentido bíblico, me parece que la similitud de los números nos sirve para reflexionar sobre lo frustrante que es tratar de llevar esta lucha contra la corrupción.
Al presidente Enrique Bolaños se le ha hecho imposible encontrar 10 diputados, de la bancada de más de 50 que fue electa por el Partido Liberal Constitucionalista, para que le ayuden a desaforar al ex presidente Arnoldo Alemán y que enfrente a la Justicia por los múltiples señalamientos y acusaciones de corrupción. Son sólo nueve los diputados que se le han revelado al caudillo y entre ellos uno hasta se “enfermó”.
Irónicamente ese número, 50, es la cantidad de justos con que Abraham, según el Génesis, empieza a negociar con Dios la salvación de Sodoma. Hablo de esos 50 porque lo que es la bancada sandinista está simplemente sacando provecho de la situación, ya que como partido no puede hacer gala ni de honestidad ni de independencia de pensamiento.
Pero a pesar de todos los desaciertos, incongruencias y contradicciones que se le puedan señalar a Enrique Bolaños —como esa incomprensible renuencia a deshacerse de su “megapensión”— uno tiene que reconocer que al menos en el caso de la lucha contra la corrupción del gobierno anterior el Presidente ha decidido jugar limpio, ha querido hacer las cosas de manera ética.
Ética selectiva dirán algunos, pero la verdad es que el Presidente se ha negado a hablar el único idioma que hablan los diputados liberales de esa Asamblea Nacional, que fueron escogidos por Alemán para que le sirvieran de muro de contención.
Igualmente frustrante debe ser darse cuenta que para deshacerse de un corrupto tiene, por fuerza, que aliarse con el grupo que es precisamente responsable de la mayor rapiña que ha sufrido este pueblo; y peor aún, que ni siquiera se puede descuidar con su círculo de colaboradores más cercanos porque éstos también, cual ventosas de sedientas sanguijuelas, empiezan a chupar abusivamente los recursos del Gobierno, como ha sido el caso de los ministros “becarios”.
Y para colmo, a pesar de haber demostrado las fechorías del gobierno anterior y la necesidad de sanear esa situación para dejar el caso como ejemplo y poder empezar a pensar en hacer viable este país, la gente, o sea todos nosotros, como el pueblo de Sodoma, permanece indolente, despreocupada, obviando con el mayor desparpajo la clara amenaza de su propia destrucción.
Uno está casi obligado a pensar que las cosas van a salir bien y que al final la justicia prevalecerá, pero la verdad es que esto no es cuento de hadas en el que al final las cosas van a salir bien. Tal vez la chocante realidad es que no hay 10 justos entre nosotros. A fin de cuentas, nosotros llevamos a esas 92 personas a la Asamblea Nacional. ¿De verdad no podemos aportar 10 justos?