Reflexiones de un creyente

José Esteban González [email protected]

La Iglesia Católica de Nicaragua está dividida en 8 Diócesis, incluyendo la Vicaría Apostólica de Bluefields. Al frente de cada una de ellas hay un obispo que tiene plenos poderes y plena responsabilidad pastoral sobre los fieles, sacerdotes y religiosos residentes en el territorio que le corresponde. Según la teología católica, los obispos son los sucesores directos de los apóstoles. Todos son iguales en dignidad y poderes sacramentales. Sólo el obispo de Roma está por encima de ellos por su calidad de Vicario de Cristo.

Los demás títulos y funciones son creación humana. Aunque a todos los obispos se les da el título de Monseñor (mi señor) no todos los monseñores son obispos. Los monseñores honoríficos no tienen ningún poder jurisdiccional y sus poderes sacramentales son exactamente idénticos al de cualquier sacerdote.

Salvo mandato o delegación de la Santa Sede y sin perjuicio de sus poderes sacramentales que son personales y no territoriales, ningún obispo tiene poderes jurisdiccionales fuera de su propia Diócesis.

Los cargos en la Conferencia Episcopal no confieren poderes adicionales o distintos de los derivados de la ordenación episcopal. Las Conferencias Nacionales o Regionales de Obispos son instituciones recientes. Constituyen una instancia de coordinación y solidaridad, de gran importancia, sin duda, pero que no confiere nuevos poderes ni transfiere facultades personales o colectivas.

Es necesario aclarar esto porque muchos católicos de buena voluntad se sienten desconcertados o incluso escandalizados por lo dicho o hecho en el terreno político por uno u otro obispo sobre temas altamente sensibles y controversiales de naturaleza no religiosa. Otros se ‘insurgen’ y atacan a la Iglesia en su conjunto por considerar —erradamente— que lo que dice o hace tal o cual obispo representa el sentir de toda la jerarquía. Otros, en fin, reaccionando a casos aislados, creen ver en los obispos malas intenciones o interpretan las críticas justificadas como manifestaciones antirreligiosas.

Fuera de circunstancias excepcionales, al pronunciarse y actuar en el campo político, un obispo se coloca en un terreno ajeno a sus funciones y prerrogativas. Por lo tanto, sus palabras y actuaciones pueden y deben legítimamente ser juzgadas con criterios políticos. Los cristianos no debemos temer de opinar, apoyar o disentir de lo dicho o hecho por algún obispo en el campo específicamente político. Es nuestro derecho e incluso nuestro deber de ciudadanos y de cristianos. La Declaración Universal de Derechos Humanos, la Constitución Nacional y el Derecho Canónico consagran ese deber y ese derecho.

En esta perspectiva, se puede comparar a los sacerdotes, pastores y obispos con los jueces. Salvo situaciones muy puntuales y siempre excepcionales, los jueces no deberían dar declaraciones a la prensa. Sus sentencias y opiniones judiciales son su forma ordinaria de expresarse ante los medios de comunicación. De igual manera, los sacerdotes, pastores y obispos, deben expresar sus opiniones y su sentir sobre temas y asuntos de su competencia en sus sermones y escritos pastorales.

Los obispos deben a todo precio evitar exponerse a manipulaciones de parte de políticos y de funcionarios en un contexto manifiestamente partidista. Si los gobernantes y políticos quieren confesarse o consultar a un obispo sobre asuntos personales de moral o de fe, que lo hagan discretamente, lejos de todo despliegue publicitario. Esto es, además, sintomático de países subdesarrollados. Nadie concibe a los grandes partidos de países desarrollados ni a sus líderes acudiendo a visitar a obispos, rabinos o pastores para justificar sus posiciones o pedir apoyos interesados. Hay excepciones plenamente justificadas y siempre las habrá.

Todo católico debe respetar y venerar a los obispos como pilares en los que descansa la Iglesia de Cristo. Por encima de colores partidistas o convicciones religiosas, el pueblo entero de Nicaragua, les debe agradecimiento porque en más de una ocasión, individual o colectivamente, han simbolizado y llevado sobre sus hombros la dignidad y el destino mismo de nuestra nación. Debe, por lo tanto, cesar el sistemático y perverso procedimiento de algunos políticos que buscan manipular a los pastores del rebaño de Cristo. Cada uno de éstos, con los talentos y el carisma que Dios le ha dado, es una antorcha que ilumina nuestro camino y lazo de caridad que une a todos los nicaragüenses de buena voluntad. Así deben seguir siendo. Es su mejor y mayor contribución al bien de todos. Así sea.

El autor es fundador de la Comisión Permanente de Derechos Humanos.  

Editorial
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