Un país lleno pistoleros activos y pasivos

Joaquín Absalón Pastora

Las guerras dejan hornos prendidos. Ex combatientes dispersos en su inconformidad con la paz, envenenan el aire con el fuego de sus pistolas a las que en las temperaturas de la irracionalidad —insólitamente— les atribuyen los mismos énfasis de advertencia de las campanas.

La última guerra civil sufrida por Nicaragua muestra aún una crecida suma de discapacitados físicos y mentales, lo mismo que de armas y de soldados nostálgicos con la cabeza confundida, oprimida por el deseo de seguir siendo las estrellas en los escenarios de la belicosidad.

Las armas, renuentes a enmudecer, siguen tronando en las montañas del norte y están en manos de los delincuentes para quienes el secuestro se ha convertido en habitual calistenia. Las víctimas son los culpables de nada y con más probabilidad los productores por lucir la fama de ser ricos aunque sufran los peores quebrantos económicos.

Algunos de estos guerreros en nombre de la heroicidad perpetua insisten en reclamar a los gobiernos posteriores al conflicto, el pago de la acción emprendida en “los campos de batalla” tierras, concesiones, privilegios no reconocidos a la común ciudadanía de la calle. Mientras la ley esté difunta, la debilidad es el insumo de la fuerza.

La mayoría de los egresados de los trasteros cuartelarios consideran que los problemas nacionales sólo pueden solucionarse con el uso de las armas y de las tomas inventadas por el Frente Sandinista y reinventadas por la Resistencia Nicaragüense.

Desgraciadamente los diálogos nacionales montados por el ánimo de distraerse políticamente y de tender hilados de humo, tampoco lo han sido. Para gozar la cosecha de su universal recurrencia no se debe permitir a los actores matizar la introducción con el campanazo, tocado por el tambor de una pistola.

De pistoleros estamos llenos. De pistoleros activos y pasivos. Los activos son los que aprietan el gatillo, los pasivos los que mueven la lengua valiéndose de sus seductoras modulaciones con la cual producen el mismo daño de un proyectil altisonante.

El pistolero que entró a LA PRENSA incurrió en la trivialidad fascista de sostener que la violencia es el derecho que le corresponde para pedir un diálogo nacional, aunque el instrumento usado haya expuesto las vidas de un personal que sin hacer daño a nadie en la práctica total de la profesión se dedicaba a cumplir con el deber de ser causa multiplicadora de la información.

La idea de la toma provocada, según el tirador, por la versión distorsionada sobre una tragedia, es dañina por donde se le vea, así haya sido una determinación personal sobria o acelerada por el voltaje alcohólico o por la aprobación colectiva de un consejo de comandantes de la Resistencia Nicaragüense que en pleno reclamó sin apariencia de pudor la libertad del “compañero de armas” en nombre de la manoseada y mil veces manipulada inestabilidad nacional.

En lo personal sufrí los actos de la violencia a través del asalto de la Nicolasa Sevilla, de las tomas del Frente Sandinista en Radio Mundial y del secuestro de la UNO en los tiempos del gobierno de doña Violeta. Por esa comprobación en carne propia —con o sin ella— no podía eludir la manifestación de mi criterio en torno a festinados procedimientos que jamás conseguirán el objetivo de amedrentar al periodismo en la riesgosa embajada de decir la verdad, en el rato amargo que posteriormente condenó el indignado torno social.

A veces hay que preguntarse si la democracia y todos sus agradables derivados fueron hechos sólo para imaginarlos o porque la esencia revolucionaria fue suplantada por la esencia del olvido.

Algo huele mal en Nicaragua. Parece que se quieren tomar esos caminos donde se anda a la deriva y no alumbra ni la linterna de la autoridad.

Ninguna toma es campanada. Es un delito.

El autor es periodista.  

Editorial
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