Hasta hace muy poco tiempo, entre los diversos partidos políticos de Nicaragua sólo el FSLN había quedado predicando y practicando la violencia como medio para conseguir sus objetivos.
Algunos grupos de desmovilizados de la antigua Contra también han practicado la violencia durante la postguerra y la transición democrática, pero de manera aislada, pero sin que el Partido de la Resistencia Nicaragüense (PRN) los avalara ni amenazara con volver a empuñar las armas para conseguir sus propósitos.
Ahora es el Partido Liberal Constitucionalista (PLC) —propiamente la parte que dirige el ex presidente Arnoldo Alemán— el que a pesar de que su Estatuto prohíbe el recurso de la violencia, si embargo, está promoviendo el uso de la fuerza bruta por parte de sus activistas y seguidores. Por cierto que las amenazas del PLC arnoldista ya han derivado en algunos hechos aislados de violencia, como el asalto armado contra LA PRENSA y el secuestro de varios miembros de su personal el 22 de octubre pasado, y lo peor es que sus propósitos no son propiamente políticos, sino tratar de impedir que Arnoldo Alemán sea privado de la inmunidad y sometido a un juicio criminal por las acusaciones de corrupción que pesan contra él.
Desde la Guerra Constitucionalista de 1926-1927 que desembocó en la Guerra Nacional Antiimperialista de Sandino (1927-1933), los liberales no habían llamado a usar la violencia como lo están haciendo ahora. Es cierto que siempre que estuvo en el poder el liberalismo ejerció la violencia de Estado contra sus opositores y contra quienes “necesitaban” reprimir por razones económicas, salvo en el gobierno de Arnoldo Alemán de enero de 1997 al mismo mes de 2002. Asimismo, durante los gobiernos liberal-somocistas (1936-1979), sus partidarios fanatizados y de baja condición social y cultural atacaban violentamente a medios de comunicación independientes y a partidos y personas opositoras, mientras que muchos presos políticos (como Ausberto Narváez, Cornelio Silva, Edwin Castro y Ayax Delgado) fueron asesinados en las cárceles. Y en los medios de información y propaganda del liberalismo somocista se instigaba la represión y hasta se incitaba a la ejecución de líderes de la oposición, como lo hacía el periódico liberal somocista Novedades contra el director de LA PRENSA, Dr. Pedro Joaquín Chamorro, hasta que fue asesinado el 10 de enero de 1978.
Pero después del derrocamiento del somocismo, en julio de 1979, el liberalismo más bien fue perseguido por el régimen sandinista y sus partidarios, y hasta se llegó a creer que los liberales habían aprendido las amargas lecciones de la historia y que se habían convertido en un partido pacífico, respetuoso de la ley y amante de la justicia. Pero sin dudas que quienes así lo creyeron estaban equivocados, pues aunque a título individual hay sin dudas numerosos liberales que son personas honorables, moderadas y pacíficas, como partido político y en derredor del caso del ex presidente Arnoldo Alemán el partido liberal parece que sigue siendo tan proclive a la fuerza bruta como lo fuera en los años 20 del siglo pasado y durante la dictadura somocista.
Sin embargo, mientras Alemán no sea privado de la inmunidad y llevado a los tribunales no es posible saber a ciencia cierta si los liberales arnoldistas están decididos realmente a desencadenar la violencia como amenazaron en su convención del sábado 9 de noviembre, o si sólo es una bravuconada para tratar de amedrentar al presidente Bolaños y a los diputados que podrían votar por el desafuero de Alemán.
Como sea, la cúpula liberal que amenaza con desencadenar la violencia e instiga a sus partidarios más atrasados a que usen la fuerza bruta, está jugando con fuego y sus integrantes podrían resultar calcinados, como ya les ocurrió en el pasado. Y deberían comprender que más les conviene tranquilizarse, respetar la ley, el orden y el derecho ajeno, y dejar que actúe normalmente la justicia en el caso de Arnoldo Alemán.
Los líderes liberales inteligentes, ilustrados y experimentados —que seguramente los hay— tienen que saber que la violencia no es una manifestación de fortaleza, sino de debilidad, y que, como dice un antiguo proverbio, quien cava un hoyo para su prójimo lo más probable es que caiga en él.