¿Lealtad para quién, en la Asamblea?

Mario Alfaro Alvarado

Dividida y por las razones que la han dividido, ofrece la Asamblea Nacional una imagen deprimente de venalidad y soborno. La parte infectada está bien puntualizada, son los que sucumbieron a las prebendas de Arnoldo Alemán y han cerrado filas con él para protegerlo del asedio de la justicia.

“La verdad es que algunos de esos diputados participaron directamente en la orgía de corrupción que hubo en el gobierno anterior y están comprometidos hasta la médula con Alemán. Otros están agradecidos con el ex presidente liberal porque les ayudó a recuperar propiedades que les fueron confiscadas por los sandinistas, o porque los indemnizó generosamente con fondos del Estado. Y prácticamente todos fueron escogidos personalmente por Alemán para ocupar los curules que ocupan y que les reportan jugosos beneficios económicos (unos tres millones y medio de córdobas, o sea más o menos doscientos cuarenta mil dólares norteamericanos, durante los cinco años que dure el mandato legislativo)”. (Editorial de LA PRENSA del martes 1 de octubre).

La conducta tercamente incondicional de ese grupo de diputados hacia el prebendario ¿en qué beneficia al Partido Liberal? Sólo ellos lo saben. ¿En qué los beneficia a ellos mismos? Esto lo saben mucho mejor. Si esos diputados le sirven a Alemán ¿por qué ha de pagarles el pueblo de Nicaragua?

La lealtad es indivisible porque nadie puede ser leal a dos señores. Quienes han entregado su lealtad al caudillo liberal, se la han negado a su propio partido, al gobierno liberal electo por mayoría de votos y, pero aún, al pueblo que votó para que ellos fueran diputados.

¡Qué ridículo espectáculo el que ofrece el flamante “primer poder” del Estado! Por un lado una bancadita raquítica, que por sí misma no puede influir en las decisiones parlamentarias; por otro lado, 44 liberales arnoldistas actuando como quinta columna en la Asamblea Nacional para obligar al gobierno a aceptar la corrupción como algo inevitable, como una tradición del liberalismo desde el poder; y por último 38 sandinistas que representan oficialmente la oposición al gobierno y no tienen a quién oponerse en los plenarios, porque sus votos son necesarios para que de allí salga algo beneficioso para el país y la población en general.

Algún recurso deben ofrecer las leyes y reglamentos para obligar a los diputados arnoldistas “recuperables” —los que sólo hipotecaron la conciencia temporalmente— a que desquiten el salario que se les paga para que trabajen con lealtad por el pueblo de Nicaragua.

Porque volver al anterior estado de cosas es imposible, los corruptos tienen que pagar sus delitos y de igual manera los que quieran ganar sin cumplir sus obligaciones también deben ser enjuiciados.

Lo que el pueblo percibe en la nebulosa de ese lenguaje gaseoso de los políticos liberales, que no tiene forma ni color, es que el interés por limpiar al país de la corrupción le ha cedido el lugar al interés de unificar al liberalismo aunque tengan que hacer injertos de yemas contaminadas de corrupción, en los tallos no contaminados.

Esta sospecha aviva más la desconfianza que el pueblo abriga frente a los manejos políticos de las dos facciones liberales.

En el enfrentamiento anticorrupción-corrupción asoma sospechosamente la reacción tardía de la Fiscalía de Justicia, muy interesado en poner al gobierno a la defensiva en la lucha contra la corrupción.

El autor es periodista.  

Editorial
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