Un angelito de amor

William Báez Sacasa

Hace un año mi hija Lilliam dio a luz su primer hijo. Lo dramático del caso es que mi hija no sabía que había traído al mundo un angelito con el síndrome de Down. El dilema que se presentaba a su esposo Fernando y a mí en ese momento era: cómo decirle sin causarle daño o dolor, que su hijo había nacido con discapacidad. Como padres comprensivos y amorosos, queríamos evitarle un impacto emocional que la dejara traumatizada, o que reaccionara en forma inesperada. Nuestra angustia crecía punzante, porque no sabíamos qué hacer ante esta nueva situación. Cómo explicarle esa dura realidad a una hija que se había formado ilusiones y hermosos sueños, sobre el futuro de su hijo. Esa noche del 9 de noviembre fue la noche más larga de mi vida. Yo que siempre me he considerado una persona fuerte, esa noche me sentí débil y abatido, por lo que se consideraba una tragedia familiar.

Hoy, un año después, en este momento en que nos reunimos para celebrar su primer año de vida, nos damos cuenta que lo que pareció una tragedia familiar es, gracias a Dios, todo lo contrario. Fernando Ramón nos ha traído alegría y nos ha dado la oportunidad de ver la vida de otra manera; de asumir la vida como una oportunidad de crecimiento humano, de búsqueda interior o como una posibilidad para reconocer que nuestros hijos tienen vidas independientes que nos demandan respeto, ternura y sabiduría para guiarlos, sin pretender transformarlos a nuestro gusto y antojo.

Por eso pienso que si nuestro hijo nace con discapacidad, no lo debemos ver como un castigo, sino como una bendición de Dios, porque todos los seres humanos traemos un ángel y un aliento divino; y, en muchos casos, estos bebés especiales son la felicidad de las personas que los rodean. Es cierto, en algún momento nos dan dolor, pero también sorpresas y alegrías, porque son seres con dones y talentos que a cualquiera sorprenden. Esas son las grandes paradojas y contradicciones de la vida, las cuales hay que saber equilibrar con sabiduría y tacto todos los días.

Muchos padres me han confesado que sus hijos con discapacidad les han ayudado a ser más integrales, con más paciencia y que han desarrollado sus instintos paternales de manera asombrosa. Existen otros que sienten un gran alivio al entregar con placer lo que ellos piden: afecto sin barreras ni medidas de ninguna clase. Hay otros padres que recomiendan que al niño que padece esa enfermedad no hay que esconderlo, porque si se hace eso, se le está privando de su potencial desarrollo y de su integración social.

En lo personal deseo señalar que yo, en mi calidad de abuelo, también he aprendido muchas cosas, en el trato que tengo con mi nieto Fernando Ramón. Lo veo como un ángel que nos trae un mensaje para entender mejor la complejidad de la vida y del mundo. Hoy me doy cuenta de que no es necesario nacer normal, para darle alegría a los padres, o para darle sentido a la vida.

Cada día que pasa en la vida de Fernando Ramón, sucede un hecho extraordinario que contar, sobre todo cuando dentro de sus limitaciones logra hacer una proeza, como producto del amor que se le da. Con sus ojitos nos dice: “seré inteligente, si me dan confianza. Puedo hacer un milagro todos los días, porque soy capaz de entender, sentir y ser”. En efecto, cada vez que hace un milagro, se lo celebramos y le demostramos que nos sentimos llenos de ternura, orgullosos y complacidos, por su esfuerzo y sus grandes logros.

Comprendo ahora que la naturaleza también comete errores, que nada es perfecto —sólo Dios— y que dentro de un niño con síndrome de Down, se oculta una belleza angelical que tenemos que descubrir y cultivar. Son mis ojos de abuelo los que ven en Fernando Ramón una personalidad fuerte y vigorosa.

Con certeza puedo afirmar que mi nieto es el niño más alegre y consentido de mi casa; es el epicentro de las atenciones más tiernas y más dulces que se le pueden dar a un ser querido. Mi nieto entiende las cosas a su manera, ve alrededor en busca de no sé qué; platica de todo y sobre todo, sin decir una palabra. Tiene la facultad especial de organizar las cosas que lo rodean, según su lógica elemental, y esa tarea la hace a la perfección, y es que así son todos los niños discapacitados.

Por otro lado, considero que la sociedad debe apoyar a los niños discapacitados, integrarlos, darles acogida y protegerlos, porque gozan de todos los derechos ciudadanos. Estos niños especiales demandan respeto, oportunidades y comprensión, para su desarrollo en la sociedad.

Después de un año escribo del nacimiento de mi nieto estas líneas, para hacer notar que la vida está llena de sorpresas, de alegrías y pesares; que está llena de contradicciones, de momentos difíciles y agradables, de hondas de placer y dolor. Todos estamos expuestos a enfrentar calamidades y situaciones dramáticas agobiantes y difíciles de imaginar o comprender. Pero, también nos damos cuenta que todo en la vida tiene una solución, que lo que vemos inicialmente como una crisis sin aparente salida, puede terminar en alegría. Todo puede tener un final feliz, si actuamos con valor, con fe y esperanza. Lo que un día fue dramático y doloroso, con el tiempo, puede convertirse en una maravillosa e inolvidable alegría y que lo único que no tiene solución es la muerte.

El autor es ex ministro del MAS y gerente general de la Nueva Lotería.  

Editorial
×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí