Elida Z. Solórzano
Así llama el Papa Juan Pablo II al Santo Rosario. ¿Crees que el Rosario es una oración pasada de moda que ya no encaja con la mentalidad de nuestros tiempos? Parece que el Papa tiene algo que decirnos en su Carta Apostólica “El Rosario de la Virgen”.
El 16 de octubre del 2002, al cumplir sus 24 años de Pontificado, el Papa proclamó que desde octubre del 2002 a octubre de 2003 será Año del Rosario. En su vigésimo quinto año como Vicario de Cristo en la Tierra quiere que los católicos lo acompañemos con el rezo del Rosario, que él dice “es contemplar con María el rostro de Cristo”. Quiere que por medio de esta oración alcancemos la paz en el mundo y en la familia.
El Santo Padre está preocupado por la falta de paz en el mundo y por la desintegración destructiva de los pequeños mundos de cada familia y nos propone un instrumento poderoso: el rezo del Santo Rosario y, mejor aún, hacerlo en familia.
Juan Pablo II, que ha sabido vivir lo que predica hasta la muerte, ya que como Cristo no se bajará de su cruz ni por la edad ni por la enfermedad, dice que quien interioriza el misterio de Cristo, Príncipe de la Paz y “nuestra paz” (Ef. 2,14) —y el Rosario tiende precisamente a eso— aprende el secreto de la paz y hace de ello un proyecto de vida. Este es un mensaje que debe tocar de manera especial los corazones de nosotros los nicaragüenses, para quienes la Virgen bajó del cielo en Cuapa y nos dijo: “hagan ustedes la paz”. Necesitamos hacerla.
En realidad, el Santo Padre explica cómo el Rosario, rezado con cuidado nos va llevando de la mano de la Virgen a contemplar todos los misterios de la vida de Jesús, que es lo que a su vez nos puede conducir a vivirlos. ¡No podemos ser cristianos sin vivir la vida de Cristo! La Virgen en sus apariciones del Siglo XIX y XX ha pedido insistentemente que el pueblo de Dios recurra a esta oración para la salvación de todos nosotros, los pecadores. Bastaría recordar Lourdes y Fátima entre muchas otras manifestaciones marianas. La salvación nos llega al vivir en Cristo.
El Papa nos dice que María actúa en la Iglesia como Madre y propone continuamente a los creyentes los “misterios” de su Hijo, con el deseo de que sean contemplados, para que puedan derramar toda su fuerza salvadora. María vive mirando a Jesús y tiene en cuenta cada una de sus palabras “Guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón” (Lc. 2, 19; cf. 2,51). Son esos los recuerdos que constituyen el Rosario. El Rosario no está centrado en María sino en los Misterios más sobresalientes de la Vida de Jesús. No se trata solamente de comprender las cosas que Él enseña, sino “comprenderlo a Él”. Pero en esto, dice el Papa “¿qué maestra más experta que María?” Recorrer con María las escenas del Rosario es como ir a la “escuela” de María para leer a Cristo, para penetrar sus secretos, para entender su mensaje y ser configurado con Él. María es Madre de la Iglesia y como tal “engendra” continuamente hijos para el Cuerpo Místico del Hijo.
El Rosario nos transporta místicamente junto a María, dedicada a seguir el crecimiento humano de Cristo en la casa de Nazaret. Eso le permite educarnos y modelarnos con la misma diligencia, hasta que Cristo “sea formado” plenamente en nosotros (Ga. 4, 19).
Dice el Papa, “Haciendo nuestras en el Ave María las palabras del Ángel Gabriel y de Santa Isabel, nos sentimos impulsados a buscar siempre de nuevo en María, entre sus brazos y en su corazón, el “fruto bendito de su vientre”.
La autora es socióloga.