Luis Sánchez [email protected]
La señora María José Zamora me pidió mediante una conversación “internética”, que diera seguimiento a la columna sobre el cardenal “Richelieu” (LA PRENSA, 11 de octubre del 2002), con un artículo sobre su sucesor, el cardenal Mazarino.
Mazarino (Giulio) nació en Italia, en 1602 (murió en Francia, en 1661) y se nacionalizó francés a instancias de Richelieu, su protector, quien influyó ante el Papa Urbano VIII para que lo invistiera también con el capelo cardenalicio.
Por cierto que el Papa Urbano VIII pasó a la historia porque fue el primero en ser elegido mediante votación secreta; porque promovió y enriqueció desmedidamente a sus sobrinos (nepotes, en italiano) dando origen al concepto de nepotismo; y porque llevó a Galileo Galillei ante el tribunal de la inquisición pero lo perdonó de morir en la hoguera a cambio de que abjurara de su teoría de que es la Tierra la que gira alrededor del sol, y no al revés.
Antes de morir, en 1642, Richelieu recomendó que el cardenal Mazarino lo sucediera como primer ministro de Francia. Y un año después, al fallecer el rey Luis XIII, Mazarino —quien había cultivado una íntima amistad con la reina madre, Ana de Austria—, fue nombrado presidente del Consejo de Regencia pues el futuro rey Luis XIV era menor de edad. Pero Mazarino resultó más avispado que su predecesor y padrino, Richelieu, y se convirtió no sólo en gobernante absoluto de Francia sino también en el amante secreto de la reina Ana.
Mazarino dirigió exitosamente tanto la política interna de Francia como las guerras contra España y Alemania, y se encargó de educar al joven príncipe que reinaría con el nombre de Luis XIV y sería el monarca más absolutista de la historia, bajo la máxima de “L´ Etat c´est moi” (El Estado soy yo). Conducida por Mazarino, Francia derrotó a España y Alemania, y al finalizar la guerra mediante el Tratado de los Pirineos, en 1659, extendió sus fronteras hasta orillas del germánico Rhin.
Mazarino quiso hacer lo mismo que Richelieu, es decir, preparar a un favorito para que lo sucediera en el poder, y escogió al obispo Antoine Godeau, un excelente literato, poeta y exégeta católico, además de inescrupuloso político. Pero aunque fue muy influyente sobre el rey Luis XIV, de quien era su confesor, Godeau no llegó a ser cardenal ni a tener la relevancia política ni los cargos gubernamentales que desempeñaron Richelieu y Mazarino, y por eso es poco conocido en la historia.
El obispo Godeau fue quien calificó a Luis XIV como el “Rey Sol”, como lo llamó después todo Francia, el mundo y la posteridad. Además, Antoine Godeau escribió los fundamentos doctrinarios del absolutismo y proclamó a Luis XIV como un gobernante divino: “La voluntad de Dios —dijo— consiste en que cualquiera que haya nacido súbdito obedezca sin discernimiento… La nación reside por entero en la persona del rey… el Estado es el rey… Luis XIV es vicediós”.
Igual que los cardenales Richelieu y Mazarino, el obispo Godeau era un político ilustrado, astuto e inescrupuloso. Pero aquella era la época en que los obispos y los cardenales intervenían directa y abiertamente en la política partidista y gubernamental, sin disimularla con subterfugios de “función pastoral”, y no ocultaban su aprovechamiento de los pingües beneficios materiales del poder.