Fabio Gadea Mantilla
Dicen que todo tiempo pasado fue mejor. Esto en algunas ocasiones es verdad y en otras no. Pero es auténticamente cierto que el mundo era más sano ayer que hoy. En asuntos de moralidad pública y de respeto a las costumbres y tradiciones de los pueblos, el mundo de ayer era mucho más cuidadoso que el de ahora.
Yo recuerdo que todavía en los años sesenta o setenta había un control ejercido por el Ministerio de Gobernación sobre las películas que exhibían en los cines. El ministerio nombraba de entre la sociedad civil un jurado calificador, un comité de censura que se encargaba de ver las películas antes de que se pusieran en las carteleras de los cines. Ahí se catalogaban las que eran sólo para adultos o las de todo público, y muchas veces se censuraba toda una cinta y no se permitía su proyección para el público. Eso era normal. Aquella era una sociedad sana y a nadie le molestaba eso y nadie se sentía ofendido por ello; todo lo contrario, los padres de familia se sentían protegidos porque había alguien que se encargaba de ponerle coto a las películas inmorales.
Claro que esto era antes… hace treinta años, cuando no había aparecido tanto loco desocupado y desenfrenado pregonando libertinajes que han convertido al mundo en un manicomio donde la inmoralidad está a la orden del día y donde nadie se asusta de nada. Un mundo lleno de productores inescrupulosos en donde hasta en las telenovelas aparecen las parejas desnudas haciendo sus intimidades. Aquel mundo era sano, no depravado como el de ahora. Hoy, cuando el atrevimiento y el irrespeto están a la orden del día, aparece cualquier loco enfermo de figuración y se lanza frente al mundo con un proyecto atrevidamente espectacular porque va en contra de lo establecido, en contra de la decencia, de la moral, de las buenas costumbres, de la religión, etc.
Éste es el caso de la película que están exhibiendo en la cual un sacerdote cae en la tentación y entra en relaciones con una joven. En el fondo se trata de irrespetar el sacramento del sacerdocio y de desprestigiar a la Iglesia Católica, a sus obispos, sacerdotes y religiosos, y naturalmente irrespetar a los fieles católicos, a todos los que formamos ese cuerpo místico que se llama Iglesia. ¿Qué buena enseñanza puede dejar una película en la cual se explota la debilidad de un ser humano que tuvo la desgracia de caer en pecado y peor aún… siendo sacerdote?
Antes el concepto de sociedad civil funcionaba de esta manera: el Ministerio de Gobernación elegía a un grupo de personas de reconocida e intachable conducta y los ponía como censores de los espectáculos públicos. Hoy en día lo que llaman sociedad civil sirve precisamente para lo contrario, para dar rienda suelta a un libertinaje criminal que destruye todo tipo de valores. Hoy es prohibido censurar la vulgaridad y la barbarie. Hoy es prohibido prohibir.
Una sociedad mal orientada exige todo género de libertades aunque éstas vayan destruyendo paulatinamente los valores esenciales que le son propios a los pueblos. Esa es la gran diferencia entre el ayer y el hoy. Antes era censurable publicar pasquines pornográficos como algunos que circulan hoy en día. Hoy no solamente se les permite circular sino que son mantenidos con anuncios de entidades del gobierno y de la empresa privada. Pornografía cruda, narraciones brutalmente obscenas, fotografías dignas de las más procaces revistas de burdel circulan libremente en las esquinas de Managua como si fueran periódicos de información general.
Así estamos hoy en día. Esa es la diferencia entre el mundo de ayer y el de hoy. Es indudable que sin freno moral de ninguna clase la sociedad camina hacia el despeñadero. Sería interesante que el Ministerio de Gobernación tomara la iniciativa y le pidiera a las organizaciones que se arrogan la representación de la sociedad civil, que se encargaran de la salud moral y espiritual de las generaciones futuras.
El autor es empresario y comentarista radial.