Henry [email protected]
En todos los países donde se profesa la religión católica, hoy 2 de noviembre es el Día de los Muertos. Todos visitarán a los seres queridos que se han ido, ponen flores y a lo mejor llorarán un poco o mucho en sus tumbas.
Yo estoy cansado de llevar flores a mis muertos y me horroriza la idea de llevarles a más, especialmente a mis padres.
Será por los existencialistas, comenzando con la náusea sartreana, o porque Mounier presenta a la persona humana como un milagro tan colosal, que verlo desaparecer mal dice de nuestra forma de existencia en la que se hacen creaciones magistrales y luego simplemente se destruyen; o será simplemente por la muerte casi consecutiva de dos buenos amigos.
Por la razón que sea, la verdad es que cuando en días como éste me pongo en contacto con mi mortalidad, la rechazo y me aferro con ambas manos a ésta quizás infinitesimal parte del universo pero que a pesar de todo me corresponde por derecho propio y de la que no creo justo que me saquen, y lo que es peor, que en el proceso de quitármela me envejezcan poco a poco hasta robarme la dignidad física.
Antes me conformaba con las clásicas explicaciones de que nada se puede hacer o de que esa es la voluntad de Dios. Pero ahora esas explicaciones me son insuficientes. En este siglo XXI se puede hacer mucho. Primero porque la tecnología actual abrirá en las próximas décadas una ventana a la inmortalidad; la gente hasta se puede convertir en puerta si se dispone a liberar la fuerza que existe en la abierta discusión del tema. Y segundo porque el plan de la fuerza universal no incluye la desaparición de los seres humanos sino todo lo contrario. El gran arquitecto desea que la gente domine su contorno; incluyendo la existencia física; pero no va a deletrear la solución.
No es justo que los humanos, la supuesta especie dominante en este planeta no tenga ningún control sobre los dos grandes acontecimientos de la vida: nacer y morir.
Quiero gritar a todo pulmón que no es justo que cuando tanto le ha costado a la persona acomodarse en este mundo, se le lleva sin siquiera preguntarle; sin importar la conciencia y el sufrimiento.
Sinceramente creo que podemos cambiar este injusto destino si actuamos juntos. Comenzando por cambiar el Día de los Muertos a Día de la Inmortalidad; expresando así abiertamente y sin complejos el deseo de no morir y existir para siempre con salud y energía.
¡Todo es posible! A aquéllos que no lo crean o que no quieran participar en esta búsqueda, siempre les queda la alternativa de quedarse sentados esperando a la parca con su guadaña. Yo no. Si me tengo que ir me iré, pero con las botas puestas, el pelo al viento y la cara al sol. Luchando. No con ira ni con resentimiento sino como dice la popular rogativa con serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, pero con valor para cambiar aquellas que puedo y con sabiduría para reconocer la diferencia. De ahí, mis queridos aspirantes a inmortales; como primer paso a un programa coherente quiero dar el grito clásico de guerra: ¡Basta ya! ¡Inmortales del mundo, unios!
* El autor es master en Administración de Empresas.