Rescate y masacre en Moscú

A mediados de la semana pasada, más de 700 personas presenciaban tranquilamente una popular obra en el teatro Dubrovka, de Moscú. Su sano entretenimiento concluyó abruptamente cuando un grupo de terroristas separatistas chechenos (una nacionalidad que forma parte de la Federación Rusa), irrumpió en el teatro portando armas de guerra y explosivos de alto poder que llevaban atados a sus cuerpos. Los asaltantes, quienes dijeron que tenían instalada una enorme bomba dentro del edificio, amenazaron con volarlo en caso de ser atacados, advirtiendo que antes de eso empezarían a matar rehenes si sus demandas no eran aceptadas. Su exigencia central consistía en el inmediato retiro de Chechenia de las fuerzas armadas rusas, demanda que, por razones obvias, resultaba inaceptable para los rusos.

En un intento de los terroristas por hacer creíbles sus amenazas, le dieron muerte a una de las personas secuestradas al poco rato de haberse tomado el teatro. Unidades selectas de asalto de la policía rusa rodearon de inmediato el inmueble. La situación de incertidumbre y terror duró cerca de 58 horas y culminó el sábado pasado por la noche en una acción de rescate que le costó la vida a un total de 118 personas entre rehenes y secuestradores.

Antes de ingresar al teatro, las tropas de asalto rusas inyectaron una cantidad masiva de Fentanil, un gas anestésico considerado 100 veces más fuerte que la morfina. Sólo 2 terroristas murieron a balazos. La acción para liberar a los rehenes terminó en una mezcla de rescate y masacre, y, consecuentemente, fue aplaudida por unos y condenada por otros.

El conflicto ruso-checheno lleva más de 8 años y no se le ve una salida. Por el contrario, las posiciones de ambas partes tienden a endurecerse, especialmente después de lo acontecido en el teatro de Moscú.

Chechenia es un pequeñísimo enclave étnico ubicado en el Cáucaso, al sur de Rusia. Tiene poco más de un millón de habitantes, y es una de las tantas repúblicas que después del colapso del imperio soviético en 1991 reclamaron su independencia. Como es sabido, muchas naciones de ese colapsado imperio la obtuvieron, no así Chechenia, a la que Rusia considera como parte integral de su territorio.

Como todo conflicto étnico, no es fácil de resolver. Las posiciones están claramente planteadas: los chechenos quieren ser independientes, y los rusos no están dispuestos a dejarlos. Miles de civiles han muerto en los bombardeos del ejército ruso. Los chechenos, por su parte, han recurrido al terrorismo, y la suerte que les espera no es del todo favorable.

El presidente ruso, Vladimir Putin, advirtió, después de la toma del teatro por parte de los chechenos, que a Rusia no se le puede poner de rodillas. Aunque ha sido criticado por grupos de derechos humanos, por familiares de las víctimas de la acción de rescate, y por algunos medios de comunicación internacionales, lo cierto es que ante el grueso del pueblo ruso ha quedado como una persona en la que se puede confiar para la defensa de su seguridad contra cualquier ataque terrorista.

Putin, un ex miembro destacado de la KGB —la policía secreta de la fenecida Unión Soviética— está consciente de que en el mundo actual hay un bien sentado sentimiento antiterrorista al cual puede apelar para cubrirse las espaldas por cualquier reclamo de violación de derechos humanos que se le pueda hacer. Así, por ejemplo, se le reclama que murieron 117 personas, pero él alega que pudieron haber muerto 700 si no hubiese actuado como lo hizo.

Situaciones como la planteada por el secuestro de los separatistas chechenos son complicadas e imposibles de resolver —en la mayor parte de los casos— a satisfacción de todos. Una vez que se ha tomado una acción en concreto, siempre se puede especular, a posteriori, que la solución pudo haberse logrado con una pérdida menor de vidas humanas.

Lo que es innegable es que el terrorismo actual ha venido a plantear una lucha en la que, al final de cuentas, habrá un vencedor: el terrorismo o el mundo civilizado, y en esa lucha, lamentablemente, siempre habrá víctimas inocentes, como ocurrió en Moscú recientemente. Lo inadmisible es que triunfe el terrorismo.  

Editorial
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