Drama en el Teatro Dubrovka

Emilio Álvarez Montalván

Es bien sabido lo difícil que es rescatar rehenes en un recinto cerrado, sin causar pérdidas humanas. Llega un momento en que el dilema es ineludible: o se accede al chantaje o se monta un operativo militar que rescate a los cautivos sin reparar las consecuencias. Lo corriente es que las fuerzas del gobierno aparenten aceptar una negociación que pudiera conducir a satisfacer las exigencias de los terroristas, mientras ganan tiempo para desanimar las peticiones y en caso contrario intervenir con la fuerza. El problema está en que por una parte los secuestradores no quieren dilatorias y liquiden a los prisioneros, y por la otra que el comando operativo sea eficiente y utilice además recursos técnicos apropiados.

Todo parece indicar que en el caso del Teatro Dubrovka de Moscú (que no es tan importante como el Bolshoi), no se siguieron los pasos acostumbrados. Para empezar, el gobierno se negó a regatear (aunque después rectificó), lo cual exacerbó los ánimos de los delincuentes que iniciaron el asesinato de sus prisioneros. La segunda equivocación de las fuerzas élites Vimpel, Alpha y otras, fue emplear un gas cuya naturaleza y efectos tóxicos no conocían bien. Hasta ahora el gobierno ruso mantiene como secreto de Estado la fórmula química como si fuese parte del arsenal reservado, que algunos clasifican como opiácea, del tipo Fentanyl usado por los anestesistas y cuyo manejo es muy delicado.

Al respecto aseguran los expertos que si las brigadas de salvamento hubieran conocido de antemano la clase de gas que usó el comando, hubieran llegado preparadas con equipos adecuados para entubar a los afectados y proyectarles ahí mismo oxígeno puro y no esperar hasta que llegasen moribundos al hospital. De ahí que los muertos envenenados hayan alcanzado el 20 por ciento de los 700 cautivos. En todo caso el operativo ha sido un fracaso para el gobierno de Putin que demostró incompetencia para manejar situaciones críticas como ésta.

El asunto no para ahí, porque el triste episodio demostró al presidente ruso que el terrorismo global no reconoce fronteras y que Bush tiene razón cuando insiste en extirpar una posible fuente de fabricación de armas mortíferas y entrenamientos de elementos radicales. Es posible que esa experiencia flexibilice al gobierno ruso cuando el Consejo de Seguridad reanude después del 4 de noviembre la discusión del texto propuesto por los EE.UU.

Finalmente está la situación política de Chechenia que busca autonomía. Como recomendó a Putin el canciller alemán Schroeder, es hora de sentarse a platicar con los disidentes. Se sabe por ejemplo que el presidente en exilio de Chechenia, Islma Maskhador, propuso a Rusia negociar sin condiciones y fue rechazado. La conclusión de este lamentable episodio es que el terrorismo está latente donde quiera que haya un conflicto y que debemos, gobierno y sociedad civil, preverlos y estar preparados para ello.

El autor es analista político.  

Editorial
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