Cristiana Chamorro [email protected]
“Tiene piernas prodigiosas y usa unas faldas que la presentan muy atractiva”, me dijo un politólogo después de una reunión con la nueva Embajadora de Estados Unidos, Bárbara Calandra Moore. Medio en broma, pero en serio, el comentario del notable político me pareció propio de nuestra cultura machista y es también expresión del desconcierto que en algunos círculos políticos causa la presencia de una Embajadora mujer en el ejercicio de la diplomacia norteamericana por primera vez en Nicaragua.
Naturalmente, el inconsciente masculino desvaloriza en piernas y faldas las credenciales de sagacidad, astucia, inteligencia y delegación de poder que normalmente la clase política le atribuye al “Embajador”, el hombre de Estados Unidos. Sin duda, la representación del “Imperio” ahora vestido con el atractivo de una mujer es un elemento novedoso en la dinámica de la clase política nicaragüense que invita a hacerse dos preguntas iniciales.
Primero, si los políticos tradicionales van a recibir las valoraciones de una mujer con la misma cultura de subordinación con que lo han hecho ante los Embajadores norteamericanos. Es decir, si la llegada de una mujer al frente de la Embajada servirá para que cambie la conducta política nicaragüense acostumbrada a esperar que el Embajador intervenga y tenga la última palabra en la solución de nuestros problemas internos.
Una segunda pregunta es si la Embajadora tendrá mayor capacidad que sus antecesores para transferir la complejidad de la situación de Nicaragua a círculos de opinión en Estados Unidos y lograr una mejor visión y comprensión de doble vía. Es cierto que doña Bárbara no es la primera mujer Embajadora que viene a este país, pero la historia nacional le da a su Embajada un protagonismo excepcional.
En la última década fueron despedidas con buen recuerdo las embajadoras de Suecia, Noruega, Francia y actualmente hay una embajadora representando a Panamá. Todas ellas han tenido la suerte de venir a un país acostumbrado a ver mujeres ejerciendo altos cargos de poder político incluyendo la Presidencia de la República (1990–1997) y de los otros poderes del Estado, además de la jefatura de la Policía Nacional, en su momento.
En verdad no hay en Nicaragua un ambiente adverso, ni hostil, a mujeres en cargos de poder, pero la política criolla es todavía un mundo dominado por hombres “con estereotipos mentales que tenés que romper”, me explican una diplomática europea y una ex presidenta de un Poder del Estado al hablar de sus experiencias. Ambas coinciden en que el poder político nicaragüense te recibe con actitud paternal y expresiones de protección en un ambiente que tiende hacerte sentir que no estás preparada, y si te ven vacilante te avasallan, según las dos expertas consultadas.
Agregan que es difícil establecer una relación de igual a igual en un primer momento. La mujer, según ellas, tiene que demostrar sus conocimientos por encima de lo que representa para confirmar que no estás allí por casualidad. Sin embargo, no todo es desventaja, el hecho de ser mujer te abre puertas, me dice la Embajadora de Noruega, Ingun Klepsvick, quien cree que en nuestro país se practica una informalidad en las relaciones de poder que facilita la equidad de género y la influencia de mujeres profesionales en asuntos importantes del país.
Para la Embajadora norteamericana, Nicaragua no es un mundo nuevo. Ella viene con fogueo latinoamericano de México, Chile, Venezuela y, recientemente, Colombia. Su carrera diplomática asegura que la Embajadora no va a ser una aprendiz en nuestro país y su condición de mujer promete cambios de estilo. Lo hizo en Colombia, según fuentes diplomáticas en ese país que son testigos de su desarrollo profesional.
De acuerdo a testimonios colombianos, ella llegó cuando otro procónsul terminó su período y, sin ser Embajadora, puso un sello personal a su gestión. Transmitió una cara más suave de Estados Unidos, sensibilidad política, más articulación en búsqueda de consensos y menos confrontación. Con el tiempo se le apreció firme en temas de derechos humanos, lavado de dinero y narcotráfico, entre otros mensajes que logró transmitir trascendiendo límites y ventajas de género en la aplicación de la política norteamericana.
Definitivamente la Embajadora mujer de Estados Unidos ofrece una oportunidad de establecer un nuevo tipo de relaciones entre Estados Unidos y Nicaragua. De entrada garantiza un contraste radical frente al corte caudillezco de su predecesor y por tanto sugiere aires de renovación en la imagen de fuerza unilateral y hasta de prepotencia que se ha transmitido del país que representa. Se espera menos prejuicios e imposiciones, más “New Age”, comunicación y tolerancia, la posibilidad del inicio de una Nueva Era también con la Embajada de Estados Unidos.
La autora es periodista.