La Muerte Quirina

Luis Sánchez Sancholuis.sá[email protected]

Mañana es Día de los Difuntos, una tradición católica que comenzó en el año 998, a iniciativa de San Odilón. En realidad, San Odilón consagró una costumbre que se practicaba desde mucho tiempo atrás, asimilada de los celtas, que celebraban el culto a los muertos. Pero la iniciativa de San Odilón fue propagada por más de mil monasterios benedictinos dispersos en Europa, y en 1311 el Papa Clemente V la oficializó.

En la mitología griega la Muerte era la diosa Thanatos. Según el poeta Hesíodo era hija de la Noche y hermana del Destino y el Sueño, tenía un insensible corazón, odiada por los dioses y vivía en el Tártaro, a donde iban las almas de los muertos. Los griegos no le dedicaron templos ni altares, pero le consagraron el árbol de ciprés.

Para no entristecer a los familiares de los difuntos, los artistas pintaban a la Muerte bajo formas agradables: Amor apagando una antorcha; un niño adormecido; una hermosa rosa sobre un ataúd. Hasta que Eurípides (480-406 a. de C.), en la tragedia “Alcestes” la representó como una mujer horrible, alada, vestida de negro y blandiendo un cuchillo.

Los romanos la llamaban Libitina y le erigieron un templo en Roma, en el que depositaban un denario de plata por cada persona que moría. El nombre de Libitina se le daba también a Hécate, la diosa griega de las almas de los muertos.

Los cristianos primitivos no tenían representación de la muerte porque su culto era a la resurrección. Sólo en el Renacimiento los pintores comenzaron a dibujar a la Muerte como un esqueleto con una guadaña y un reloj de arena en las manos, acompañado por un murciélago, una lechuza o un búho.

El color de la Muerte es el negro, que en la Edad Media se asociaba al Demonio y la brujería, pero se popularizó como signo de luto y color litúrgico del Viernes Santo.

En nuestra mitología aborigen (nahua) los dioses de la muerte eran Mictlantecuhtli y su mujer, Mictecacihuatl. Tenían un templo llamado Tlaxico (ombligo de la Tierra), donde se sacrificaba un prisionero cada mes de Titil (enero). Los espíritus de los difuntos iban a distintos sitios: al paraíso del Sol (Tonatiuh) iban los muertos en combate, sacrificados, comerciantes fallecidos en cumplimiento del oficio y mujeres muertas durante el parto; al Tlalocan (paraíso de Tlaloc), iban los que morían por alguna causa relacionada con el agua; y al Mictlan, región de nueve pisos donde reinaba eternamente la oscuridad, eran enviados los que morían de causa natural o enfermedad. Y los chigüines (bebés) iban a Xochiatlalpan, lugar especial donde eran amamantados por un árbol sagrado.

Los aborígenes propiamente de Nicaragua creían que el alma (yulo) de los muertos, si habían sido buenos en vida iban a donde los dioses superiores, Tamagastad y Cipaltomal; pero si habían sido malos eran confinadas debajo de la Tierra.

En la tradición popular nicaragüense, que se va extinguiendo, la muerte es la Quirina, “un esqueleto andante con una calavera calva, de cuencas negras por ojos y una dentadura blanca sostenida por maxilares óseos como piedra, su vestidura es blanca y negra a rallas hasta los pies y va portando una guadaña”, según el desaparecido folclorista masayés, Abelino Eskorcia, quien la ubica como uno de los personajes del Baile de los Diablitos de Masaya.  

Editorial
×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí