Federico Dueñ[email protected]
Cuando tenía ocho o nueve años, en compañía de mi “socio” de travesuras en turno, tuvimos la oportunidad de robarnos un dulce de leche de la casa vecina, una sencilla “ratería”. Robamos el dulce, corrimos lejos y nos lo comimos sabrosamente, pues la vecina tenía justa fama de cocinar buenos postres. La vecina buscó su dulce en el vecindario, me preguntó a mí también, negué cualquier relación mía con el hecho delictivo, a pesar de que el dulce de leche aún me estaba haciendo digestión.
Todos los primeros viernes de mes, teníamos que ir al colegio (administrado por Hermanos Maristas) donde hacía mi primaria, vestidos de gala, a misa y comulgar (voluntariamente a “huerzas”). Para eso los curas se ofrecían para hacer la confesión de los alumnos durante toda la semana anterior. Fui a comulgar (a “huerzas”) y entre mis varios pecados, confesé al cura que, en contubernio con mi socio, nos habíamos robado y “zampado” sin misericordia y con fasto placer, el suculento postre de leche de la vecina. También le dije que ella me preguntó sobre el destino del dulce y que yo le había mentido diciendo que no sabía en dónde estaba su dulce, sabiendo perfectamente que el objeto del hurto aún estaba en mi estómago. El cura me dio la absolución, el perdón de Dios, pues dice la Biblia que hay que perdonar “setenta veces siete” (lo mencionó el cardenal Obando en la misa del domingo pasado, también). Pero antes me preguntó si yo estaba arrepentido y consciente de mi pecado, del robo que había cometido. Le prometí compungido y con cara de “no lo vuelvo a hacer”, que sí, que ya no robaría más dulces de leche de mi vecina. La penitencia fue que devolviera el dulce a la vecina. ¿Pero cómo, padre, si ya nos lo comimos? Pues vas y le dices que tú te robaste su dulce, que te lo comiste y que arrepentido, le pides perdón y que ella te ponga la sanción que considere adecuada a la magnitud de tus pecados; robo, mentira y gula. Mi vecina fue misericordiosa, la penitencia fue que ella me enseñó a hacer un arroz de leche, el que todavía me lo sigo haciendo y comiendo.
El ex Presidente no reconoce ni acepta, sus innumerables evidentes raterías, públicamente expuestas por LA PRENSA y otros medios de comunicación. No demuestra el cenagoso origen de su millonaria fortuna en dólares. Se protege, cobardemente, bajo su inmunidad parlamentaria “regalada”, para evitar presentarse ante la justicia. Ofende, miente y amenaza a sus enemigos y a sus compinches, con un desastre nacional, si él cae en la cárcel. Involucró a su esposa, hermanos, hijos, yernos y amigos personales en sus soberbias “Chanchadas”. Y, el pecado más grande… robó dinero del Estado, de nuestros impuestos. Fondos “sangrados”, que bien pudieron destinarse en ayuda emergente para miles de campesinos del norte, que ahora sufren de hambre, enfermedades y miseria. ¿Hay un genuino acto de contrición en él? ¡Júzguelo la Jerarquía!
El autor es empresario.