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La saga heroica de Benjamín Zeledón

José Aníbal Gallegos

Testigos que participaron en los acontecimientos bélicos del 4 de octubre de 1912, hace unos 90 años, me narraron parte de los hechos, así como datos obtenidos del libro “Nidos de Memoria”, escrito por el periodista Hernán Robleto.

Eran las 5 de la mañana del 4 de octubre de 1912, cuando arreció la artillería enemiga, las ametralladoras ladraban como perros rabiosos, el general Zeledón descansaba en una hamaca, dentro de la Iglesia La Asunción de Masaya.

Masaya cayó ante la lucha combinada de los dos ejércitos sitiadores, conservadores y norteamericanos, ese día se desató un terrible enfrentamiento hasta que el coronel Isidoro Díaz Flores se hizo cargo de la colina de El Coyotepe, por órdenes precisas del general Zeledón, para detener desde esa importante posición un tren militar con refuerzos de infantería de marines que iba rumbo a la ciudad de Masaya.

El coronel Díaz Flores atacó con artillería, desatándose el combate contra las tropas enemigas, hasta que el coronel Díaz se quedó sin un tiro en el fusil, por lo que el jefe norteamericano, coronel Boctle, lo increpó y le exigió que se rindiera, a lo que el coronel Díaz le respondió: “Mi deber es defender la soberanía y disparar hasta el último cartucho”.

Pero al encontrarse sin salida fue capturado y conducido a la cárcel de Masaya, de donde según la historia, logró escaparse cuando ya había pasado la contienda bélica de 1912. Ese mismo día a las 10 de la mañana, ya cortadas las líneas telefónicas, por el oriente una gran cantidad de enemigos se precipitó por las calles de Masaya, entonces el general Zeledón rompió línea de fuego al lado de su Estado Mayor, partiendo hacia Jinotepe, en donde había una fuerte columna militar al mando de los generales Horacio Portocarrero y Marcelo Castañeda, los que días antes habían sido derrotados.

“Al observar la presencia de los yanquis posesionados de la fortaleza de El Coyotepe —dice Hernán Robleto—, le entregué los binoculares a Zeledón, y al constatar la realidad se los quité rápidamente abrumado, y fue entonces que pronunció esa frase que jamás yo olvidaría: ‘Ellos no tienen la culpa, sino los que los llamaron’. Pero nosotros hemos salvado el honor de Nicaragua”.

Donde cayó abatido el general Zeledón fue en un lugar conocido como Las Esquinas, frente a la finca de Chu Rivas, jurisdicción del Diriá.

Al salir derrotado de Masaya, en su viaje hacia Jinotepe, se dirigió hacia Nandasmo pasando por la comarca El Portillo, hoy La Curva.

El baqueano era el famoso Chico Lelo Tapia, masatepino, pero éste perdió el camino y fue a dar a Las Esquinas, en la comarca El Arroyo, buscando Nandaime, fue allí cuando al pasar por la finca de Chu Rivas apareció una caballería de soldados conservadores, y éstos al ver a los soldados liberales les hicieron un alto, pero Zeledón les contestó con disparos y en esa ligera acción cayeron abatidos los generales Zeledón y Emilio Vega.

Algunos testigos de este episodio, ya fallecidos, cuentan que al general Emilio Vega lo enterraron en terrenos de Chu Rivas. Zeledón fue trasladado en una carreta que prestó Chu Rivas, para llevarlo a Masaya, pero al llegar a Niquinohomo, propiamente en la esquina donde la profesora Hortensia Rayo Potosme, los acompañantes hicieron un alto, momento en que aparecieron Blanca y Salvadora Alvarado, hermanas del ilustre liberal zelayista, Dr. Carlos Alvarado Canelo, quienes arroparon con una sábana blanca el cuerpo de Zeledón.

Al salir de Niquinohomo y llegar a tierra blanca, en Las Azucenas, notaron que el cadáver estaba entrando en estado de descomposición y optaron por dar parte a Masaya, donde les contestaron que le dieran santa sepultura en el cementerio más cercano, y como desconocían el cementerio de Niquinohomo lo trasladaron al de Catarina, donde fue recibido por el alcalde, quien dio permiso para que lo enterraran inmediatamente en una fosa común a la orilla del cementerio, en donde descansan los restos del valiente y héroe nacional, general Benjamín Zeledón.

El autor es periodista e historiador.  

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