Conrado Godoy
Brasil se prepara para escoger a un nuevo presidente, evento que tendrá lugar el próximo 6 de octubre y que sin duda ha despertado un inusitado interés y preocupación a nivel internacional, particularmente en América Latina y Estados Unidos. ¿Y saben ustedes por qué? Porque el candidato del partido de los “trabajadores” (eufemismo que ha venido utilizando el sempiterno aspirante presidencial Luis Inácio Lula Da Silva, para esconder su verdadera filiación ideológica), tiene las más altas probabilidades de alcanzar el solio presidencial y arrellanar en él sus vetustas posaderas. Así lo indican los más recientes sondeos de opinión provenientes de la gran nación austral, que otorgan a “Lula”, nada menos que el 48 por ciento en la intención de votos de los electores, contra 45 por ciento que tienen juntos los demás candidatos. ¡Qué tal!
¿Cómo es posible esto?, nos preguntamos. ¿Qué niveles de desesperación ha alcanzado el admirado pueblo brasileño que está siendo obligado a elegir la peor de las opciones? La respuesta a esta interrogante podría ser convencional y ciertamente atinaríamos en parte, pues es de todos sabido que la situación económica y financiera brasileña es una de las más lastimadas del continente, mientras que los índices de pobreza y desempleo han ido “in crescendo” en los años recientes. No obstante, si escudriñamos un poco en el escenario político de ese hermano país, nos encontramos con un fenómeno que tiene proyecciones globales, pero que ha venido siendo una desafortunada constante en América Latina: la ausencia de líderes. Y me refiero líderes auténticos, inteligentes, visionarios, honestos y patrióticos, interesados en el bienestar y desarrollo de sus pueblos, que sustituyan a esa cáfila de politicastros, demagogos, ineptos y corruptos que pululan por toda la región, cuya única propensión es exprimir el erario hasta el último céntimo y dejar más empobrecido e indefenso al siempre sufrido pueblo. Esta situación ha tenido características de drama en nuestra América, donde pueblos inteligentes han sido engañados por dirigentes timoratos como Pastrana, en Colombia; incompetentes como De La Rúa, en Argentina; maniáticos como Mahuad, en Ecuador, y delincuentes como Alan García, en Perú, y Collor de Mello en el propio suelo carioca. Quizás “Lula” no esté signado por ninguno de los vicios que he señalado, porque, la verdad sea dicha, por lo menos hasta ahora, jamás se han proferido acusaciones dolosas en su contra. El problema en este caso es de carácter político, o más bien de naturaleza ideológica. Como todo el mundo sabe, “Lula” es un recalcitrante partidario del socialismo, de ésos que sueñan y luchan, junto a los comunistas de todo el mundo, por hacer realidad la utopía de un incendio revolucionario en América Latina; un mundo donde reine el cacareado “poder popular” y donde los términos centralización y colectivización, habrían de ser el marco de referencia en un entorno donde los derechos individuales desaparecerían para siempre, tal como lo establecen los trasnochados fundamentos del marxismo-leninismo.
Afortunadamente, son numerosas las evidencias que atestiguan la obsolescencia e imposibilidad de aplicación práctica de esta ideología (en Nicaragua el ensayo colectivizante de los ochenta se trocó en un estrepitoso fracaso) y tenemos la certeza que, aunque las apariencias hasta ahora digan lo contrario, el pueblo brasileño va a recuperar la cordura y el buen juicio dando la espalda a un proyecto político muy peligroso. Por otra parte, “Lula” sabe que ésta es su última y más importante carta, la más valiosa oportunidad de alcanzar la tan anhelada Presidencia y ciertamente se jugará la vida si es preciso en el intento por lograrlo.
El autor es periodista.