¿Pero, es que existe Nicaragua?

Xavier Ruiz Ribes

Nicaragua pasa por ser un Estado paradigmático: desde Europa, si uno es un buen lector de prensa (y no hablo de televisión, porque para el caso todavía es peor) conocerá los detalles más insospechados de la política alemana, francesa, rusa o mexicana; escuchará cada disparo del ejército israelí contra la población palestina; seguirá los movimientos diplomáticos del norte de África y las consecuencias del aumento de la inmigración… pero si pretende conocer qué está pasando en un país de lagos y volcanes llamado Nicaragua, el intento no podrá ser más desesperanzador: Nicaragua, sencillamente, no existe.

O para ser más preciso: en 1998, un bombardeo mediático con pocos precedentes situó en el mapa durante unas pocas semanas a tres Estados invisibles a ojos europeos: Honduras, El Salvador y Nicaragua. La razón tiene nombre propio: Mitch. Como en la tragedia de Hamlet, lo demás, más allá del huracán, y por tanto, más allá del eterno problema inscrito en la sencilla ecuación “Nicaragua = pobreza = corrupción”, es silencio.

Podrían fácilmente culpar a “los de fuera” de los males que aquejan al país, y razones encontraría para ejemplificarlo. Pero, ¿qué debe hacer Nicaragua para emerger del limbo de autocomplacencia en el que se halla? ¿Qué pueden hacer los y las nicaragüenses para invertir, a medio y largo plazo, una tendencia al ensimismamiento que aqueja a buena parte de Latinoamérica? Desde la distancia, me atrevo a dar unas pocas ideas sucintas para clarificar este horizonte de invisibilidad, insuficientes pero que permiten abrir el debate:

1.- Nicaragua debe empezar a asomarse al exterior. Estando en Nicaragua, parece como si lo más importante del mundo fuera el eterno rifirrafe entre los políticos corruptos y los impolutos. Eso es lo más importante para Nicaragua, pero mientras se discute sobre si se desafuera a un ex presidente y la acción de gobierno se medio paraliza para centrarla en este debate, el mundo sigue avanzando sin contar con Nicaragua. Es paradigmático que un periódico como éste dedique tan pocas páginas a información internacional, y no es precisamente un problema del propio Diario. El país debe participar de los grandes debates abiertos de la ONU y de los organismos multilaterales, y de manera especial haciendo un frente común estratégico con el resto del área centroamericana. La idea de un lobby que comienza en Guatemala y termina en Panamá es especialmente atractiva, y no tiene nada que ver con la creación de un Parlacen que sirve de dorada jubilación a muchos políticos. Y eso a la larga redundará en un mayor interés general por la región y en beneficios directos para el país. En este caso, quien no se mueva no va a salir en la foto.

2.- Cooperación y desarrollo. Nicaragua debe empezar a desprenderse voluntariamente de la etiqueta de “país receptor” para comenzar a ser verdadero protagonista de su propio desarrollo. Hay que utilizar la ayuda proveniente del exterior, todavía muy necesaria, para elaborar auténticos planes estratégicos en todos los campos tendentes a la modernización del país. La ayuda debe dejar de ser vista como un parche más y ha de pasar a ser un motor de cambio, bien gestionada y preparando al país para afrontar posibles disminuciones futuras en el volumen de ingresos por ese concepto. ¿Cuántos municipios disponen de realistas pero ambiciosos planes estratégicos? ¿Dónde están las lecciones que había que aprender después de cada desastre natural, creando puentes entre la emergencia, el desarrollo y la reconstrucción? Y ya no hace falta mencionar, por sabida, la pésima gestión estatal de muchos fondos llegados en concepto de ayuda.

3.- La descentralización como camino de progreso. El país vive sumido en una especie de hipnosis por tener a un gran Papá-Estado que debe arreglar todos los problemas de la población. Esto ha de empezar a cambiar trasladando responsabilidades a otras esferas políticas más cercanas a la ciudadanía, como son los departamentos y los municipios. Una verdadera ley de descentralización ha de posibilitar la creación de una red viva y en constante ebullición de competencias y recursos, de manera que las administraciones más cercanas al ciudadano puedan resolver los problemas más acuciantes, y el Gobierno Central pueda usar su tiempo en gestionar los grandes temas de Estado con dedicación y denuedo. E incluso, usando un término cercano al marketing, dedicarse a vender patria en el exterior y promocionar temas tan esenciales como el del turismo.

4.- La participación de la ciudadanía. Ligado al punto anterior, hay que provocar también la creación de redes sociales que se impliquen en la construcción de la nación. El trámite del voto en unas elecciones es sólo la punta de un iceberg que requiere del esfuerzo diario de todos y todas para ser parte protagonista en este crecimiento. No conozco ningún país desarrollado que no tenga en su propia gente su capital más preciado. Parece que Nicaragua haya perdido fuelle en la capacidad de imbuir a todas las capas sociales que hay que organizarse y no sólo reivindicar y criticar: también hay que luchar para construir. Y en este ámbito todos pueden ser útiles: desde asociaciones de vecinos de un barrio periférico de Managua hasta cooperativas de campesinos de la montaña.

Por razones de espacio es imposible profundizar y analizar mejor las causas y recetas de la pérdida de influencia progresiva en América Central. Pero sólo estas cuatro líneas marcan un rumbo de ambición que los políticos deben empezar liderando, y que ha de traspasarse a toda la sociedad. La imaginación y el esfuerzo, a falta de petróleo que explotar, es lo único que puede volver a situar a Nicaragua en un mapa mundial cada vez más globalizado pero también más injusto y desigual.

El autor es concejal español. Profesor del master de cooperación y desarrollo en la Universidad de Barcelona (España).  

Editorial
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