Alemania y EE.UU., aliados disgustados

Alberto L. Alemá[email protected]

Washington está furioso con Alemania. En un aparente descuido, la ex ministra de Justicia germana comparó infortunadamente las intenciones de George W. Bush de acabar con el régimen del dictador iraquí, Saddam Hussein, con los métodos de Adolf Hitler, quien buscaba enemigos externos, reales o inventados, para justificar sus guerras de conquista.

Aunque la ex ministra lo negó y el gobierno alemán envió una nota a Washington, las explicaciones no aplacaron a la Administración de George W. Bush.

Por si fuera poco, el canciller Gerhard Schroeder, con buen olfato y astucia, se montó en la ola de profunda impopularidad que despierta la idea de un conflicto bélico entre los alemanes y declaró abiertamente que su país no irá a Irak, así lo apruebe la ONU o no. Esto le valió la reelección, según los analistas.

No sé cómo terminarán los roces entre ambos países, confío que el pragmatismo y el peso estratégico de la relación reoriente todo por un buen camino, pero creo que hay dos elementos importantes a tener en cuenta para entender la reticencia de Alemania en el tema iraquí. Uno, es la necesidad de llevar a cabo una política exterior más independiente y acorde con sus intereses nacionales. Segundo, serios condicionamientos internos con los que una conflagración de gran magnitud en Oriente Medio podría estar relacionada.

Alemania perdió la Segunda Guerra Mundial. La Guerra Fría trajo su división. La política exterior de la comunista República Democrática Alemana y la de la de República Federal Alemana estaba ligada a consultas obligadas con los aliados respectivos. Los estados alemanes poseían de hecho una soberanía limitada.

El eje París-Bonn se constituyó en la piedra angular de la integración europea occidental, en un matrimonio donde la voz cantante era la de Francia. Hoy, el binomio franco-alemán es aún la base principal de la Unión Europea pero la balanza está inclinada hacia el otro lado.

La mayor economía de Europa y la tercera del mundo empezó a reclamar un papel distinto, y a asumió mayores compromisos. El proceso comenzó con el canciller Helmut Kohl, y se fortaleció con su sucesor, Gerhard Schroeder. Sus soldados fueron Kosovo y Afganistán. Tras el trágico 11 de septiembre, Schroeder declaró una “solidaridad ilimitada” con los estadounidenses.

Como sucede en EE.UU. mismo, la política interna y factores sociales influencian la diplomacia germana.

Unos pequeños ejemplos. Nadie podrá negar la determinante influencia del lobby anticastrista en la política hacia Cuba, y que hoy sería capaz de castigar a Jeb, hermano del presidente Bush en Florida, donde aquél busca la reelección como gobernador. No lo lograría jamás si a George se le ocurriera hacer una apertura hacia la dictadura de Fidel Castro.

Cualquier declaración de un presidente o un senador que sea percibida como antiisraelí, será fatal para su partido en una votación en el estado de Nueva York.

En la reciente elección alemana, también pesaron factores de este tipo. Pero el asunto va, además, más allá del momento.

Alemania y Europa Occidental enfrentarían, de atacar EE.UU. a Saddam Hussein, un problema que Washington no conoce. En Alemania, Francia y otros países, viven comunidades de centenares de miles de emigrantes musulmanes, una presencia seria en lo económico y social. Una guerra en Irak despertará mucha inconformidad en esas comunidades. El potencial de inestabilidad interna en Europa Occidental es alto.

Gobiernos árabes comparten la misma preocupación. Argelia, Túnez, Egipto, Marruecos, Siria… ¡Pero sí éste es el vecindario mediterráneo de Europa!

En círculos políticos berlineses también surgen interrogantes sin respuesta, a su juicio: Tras derrocar a Saddam, ¿qué viene? ¿Serán controlables las consecuencias para la estabilidad regional? Si la tarea de limpiar de terroristas Afganistán no ha concluido, ¿para qué abrir otro frente bélico sin saber exactamente qué pasará después?

No tengo ninguna duda de que el bigotudo tirano de Bagdad es un despreciable dictador, un asesino brutal y sanguinario. Mi percepción de este hombre fue influida por los relatos de amigos kurdos en mis años de estudiante, gente que tenía familiares en el norte de Irak, donde Saddam usó gases para matar a miles de mujeres, niños y ancianos en cuestión de minutos.

La preocupación de los Estados Unidos y la de millones de alemanes es genuina. Y ojalá que por el bien de una comunidad internacional unida por los valores de la libertad y la democracia, amenazados por el terrorismo, estos colosos de las dos orillas del Atlántico concilien sus posiciones, porque ni ellos ni el mundo se pueden permitir que continúen mal.

El autor es periodista  

Editorial
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