Jorge [email protected]
Quienes cada lunes me honran con la lectura de mis artículos saben bien que no soy partidario de los llamados “proyecto de nación”. Reconozco, sin embargo, que términos como “proyecto de nación”, “visión de nación”, o “agenda de nación”, ejercen un poderoso atractivo sobre mucha gente interesada sinceramente en el desarrollo de Nicaragua. A ellas les escucho expresiones como: es necesario saber dónde queremos llegar para poder avanzar; es necesario organizarse para no desperdiciar esfuerzos; cuando no hay una meta clara, cualquier camino es bueno, y así otras expresiones por el estilo. Todas ellas son lógicas y tienen mucho sentido cuando se aplican a personas en particular, más no así cuando se les pretende aplicar a un país.
A los seres humanos en general nos incomoda la incertidumbre. Por eso es que planificamos y tratamos de controlar nuestro futuro lo más que podemos. Pensamos que actuando así nos evitamos sorpresas desagradables, y que podemos, además, hacer un mejor uso de nuestro tiempo y de nuestros recursos. Nada de malo hay en eso. Todo lo contrario; es algo bueno. Pero, ¿quién de nosotros no ha experimentado cierto grado de frustración cuando al final del día revisa la agenda personal de actividades que elaboró por la mañana, sólo para darse cuenta de que debido a los múltiples imprevistos que fueron surgiendo durante el día tuvo que dejar sin cumplir algunas de las actividades planeadas? A la mañana siguiente, cuando esa persona vuelve a elaborar su agenda del día, hace los ajustes correspondientes tomando en cuenta las actividades no ejecutadas el día anterior, y así, día tras día.
Imaginémonos ahora lo que significa tratar de anticipar las actividades a realizar, no para un día, sino para los próximos 25 años, y no para una persona, sino para una nación de 5 millones de habitantes. ¿Quién o quiénes estarán a cargo de planearlas y de hacer los ajustes por los imprevistos que se vayan presentando? ¿Y qué tal si las personas cambian de idea? ¿cómo se tomaría en cuenta ese hecho? o ¿qué tal que los que a través de los años se vayan incorporando en la vida económica y social tengan deseos muy diferentes a los nuestros en cuanto a lo que debe ser el futuro del país? ¿tendrían ellos el derecho a alterar nuestro “proyecto de nación”? Y como esas preguntas podemos formular mil más, aun antes de que hayamos dicho una sola palabra respecto al incontrolable e impredecible entorno exterior que tendría una gran influencia sobre nuestros planes, o respecto a los inimaginables cambios tecnológicos que también los influirían.
Pero se anda hablando nuevamente de la “necesidad” de un “proyecto de nación”. Siento que sus proponentes están persuadidos de que es posible elaborar una especie de libreto que nos vaya “guiando” hacia un futuro bonancible. Lamento desilusionarlos. No funciona; y si lo hiciéramos no serviría para nada más que para empolvarse inútilmente en los estantes de un librero. Insisto: el desarrollo de una nación no se logra por diseño. El desarrollo es consecuencia de la libertad individual dentro de un Estado de Derecho. Es el producto de millones de decisiones —buenas y malas— que las personas van tomando a través del tiempo de acuerdo a las circunstancias que se les van presentando en el camino. Cuando a esas personas —que podemos estar seguros de que desean lo mejor para sí mismas y para sus familias— se les permite actuar de acuerdo a sus propios intereses en un ambiente de libertad, de respeto mutuo, de propiedad privada debidamente protegida, y de leyes generales y estables, es que el país se desarrolla.
Ahora bien; ¿quiero con esto decir que me opongo a que se investigue en qué rubros de actividad es que podemos tener más éxito como país? De ninguna manera. Pero se supone que eso ya lo sabemos. ¿Qué falta? Que nos convenzamos, en primer lugar, de que no es a través de los programas y proyectos elaborados por burócratas, o por aquellos a quienes les gusta arrogarse la representación de la sociedad civil, que podemos llevar a Nicaragua al desarrollo. Son las iniciativas privadas y las empresas que las personas —nacionales y extranjeras— crean, las que pueden llevar a nuestro país a un mejor estándar de vida. Dejemos que sean estas las que hagan y ejecuten todos los planes que quieran. Las circunstancias les irán diciendo cuándo y cómo ajustarlos para beneficio de ellas mismas, que equivale a decir, para beneficio de la nación.
El autor es miembro del Consejo Editorial de LA PRENSA, y catedrático de la Universidad Thomas More.