León Núñ[email protected]
Desde que se disolvió el grupo de analistas políticos de Acoyapa, con la persona que suelo conversar de política, los fines de semana en Chontales, es con Goyito, el mandador de mi finca. Él no lee periódicos, pero es un gran televidente y un consumado radioescucha.
Hace dos meses le pedí su opinión sobre el ingeniero Bolaños; de su lucha contra la corrupción. Él me contestó que Alemán seguía más fuerte que nunca, y que más bien cuando oía hablar a don Enrique de su lucha contra la corrupción se acordaba de aquel cuento cuyo personaje principal es “el mata tigre”, personaje que, según Goyito, se parece bastante al ingeniero Bolaños.
Goyito, que siempre exterioriza sus opiniones contando un cuento, me contó que hace muchos años en una finca chontaleña vivía un tigre haciendo de las suyas; que además de que había matado algunas bestias mulares se había comido muchos terneros y que su peligrosidad era tal que el dueño de la finca, su esposa, sus hijos y sus trabajadores no tuvieron más alternativa que dormir todos los días en el segundo piso de la casa-hacienda, pues no eran pocas las noches en que el tigre se paseaba campantemente por el patio de la casa e inclusive en los corredores de la misma. Naturalmente que todas las noches cundía el pánico cuando escuchaban ruidos extraños parecidos a “pasos de animal grande”.
Uno de los trabajadores sugirió que se debía contratar al “mata tigre”: un hombre experto —una verdadera leyenda— en matar tigres, que vivía montaña adentro, a doce leguas de distancia, y que en vez de armas de fuego utilizaba un enorme machete, con el cual, según él, podía defenderse y atacar mejor que si usara pistola o escopeta, pues los tigres no atacaban a campo abierto y a la luz del día sino que se amparaban en la noche para hacer sus fechorías. El dueño de la hacienda aceptó la sugerencia.
Ante el júbilo de todos los que vivían en la finca llegó el “mata tigre”, portando un machete y una lima para darle filo. Dormía de día y pasaba toda la noche en el segundo piso de la casa-hacienda bebiendo café, afilando suavemente su machete y hablando de la maldad del tigre, del peligro que representaba, del perjuicio económico que había causado…
Pasaron más de quince días, desde la llegada del “mata tigre”, sin que el feroz animal diera señales de vida. Algunos de los trabajadores creían que si el tigre no se había ido estaba por irse y hasta se estuvo pensando en pagarle al “mata tigre” por sus servicios prestados cuando inesperadamente, en una noche de luna llena, uno de los trabajadores vio al tigre en el patio de la casa y enseguida les avisó a los demás. Todos vieron que el tigre estaba echado cerca de uno de los corrales terminándose de comer tranquilamente un ternero.
El dueño de la hacienda, todo asustado, le dijo al “mata tigre” que la hora había llegado; que el tigre estaba echado, frente a la casa, y que lo matara inmediatamente. “Muy bien, lo voy a matar, es mi obligación, dijo el ‘mata tigre’, pero vayan a traérmelo”. “Yo estoy listo, en cuanto lo suban lo mato”, agregó, y continuó afilando suavemente su machete al mismo tiempo que seguía hablando de las zanganadas del tigre.
Yo pienso que Goyito, al contarme este cuento hace dos meses, lo que quiso decirme fue que él tenía la percepción de que don Enrique no estaba dispuesto a llegar hasta el final en su lucha contra la corrupción, percepción que era compartida por muchos analistas políticos de Managua —principalmente después de la destitución del doctor Novoa— para quienes el ingeniero Bolaños “no estaba dispuesto a echarla toda” en la lucha que había emprendido.
El sábado pasado, dos meses después, le pregunté a Goyito que si seguía creyendo que don Enrique se parecía al “mata tigre”; que si se había dado cuenta de la acusación planteada el pasado miércoles siete de agosto y de las pruebas que el gobierno había presentado por televisión sobre la famosa “huaca”.
Goyito me dijo que con gran placer admitía su equivocación: que el “mata tigre” en nada se parecía a don Enrique. Que ahora está clarísimo que el ingeniero Bolaños no es de los hombres que “para matar al tigre tienen que llevárselo al segundo piso”, pues es evidente, según Goyito, que don Enrique ya está plantado en el patio de la casa-hacienda, con machete en mano, frente al tigre, en una de esas circunstancias dramáticas en donde no cabe el retroceso de la historia.
Cuando Goyito empezaba a contarme otro cuento para demostrarme que los días del tigre estaban contados, le cambié la plática, para que me informara de nuestra lucha contra la maleza que “corrompe” los potreros: contra el zacatón, el chaperno, el papamiel, el aromo, el güirrique, la flor amarilla, la escoba lucia, la cola de iguana … ¡Y qué sorpresa! Estando ya en mi casa de Acoyapa, de regreso de la finca, me enteré con gran satisfacción que el poeta Ernesto Cardenal, al igual que Goyito, también había reconocido con alegría su equivocación.
El autor es abogado, escritor y miembro del Consejo Editorial de LA PRENSA.