José Esteban González [email protected]
La propuesta que ha venido haciendo el Partido de la Resistencia Nicaragüense de instaurar una Comisión de la Verdad ha suscitado reacciones contradictorias.
El ex presidente de la República y actual secretario general del FSLN, Daniel Ortega, opinó: “Ya estamos cansados de eso, estamos cansados de confrontaciones, estamos cansados de guerra y hay que buscar cómo construir…” El jefe del Ejército, general Javier Carrión, opinó que crear una Comisión de la Verdad significaría “abrir historias que todavía están muy recientes”. Tomás Borge, por su parte, expresó: “La verdad es muy dolorosa para todos… si se hace necesario, diremos duramente la verdad”. El Cardenal Miguel Obando y Bravo escuchó a los proponentes pero aún no se ha pronunciado. Monseñor Abelardo Mata, Secretario de la Conferencia Episcopal, ya había propuesto con anterioridad su creación. Las iglesias evangélicas, por su parte, dieron su apoyo y ofrecieron su colaboración.
Las reacciones negativas parecen estar motivadas por una percepción incorrecta de lo que es una Comisión de la Verdad.
Una Comisión de la Verdad no es un tribunal de justicia con facultades para imponer sentencias, sino una instancia con autoridad moral, dotada de medios técnicos apropiados e investida de poderes suficientes para establecer la verdad exacta sobre determinadas violaciones a los derechos humanos ocurridas durante un período de tiempo claramente delimitado.
Su objetivo primordial no es castigar sino establecer la verdad pura y simple. Una Comisión de la Verdad debe ir al fondo de las cosas pero debe publicar únicamente aquellos casos de violación de los derechos humanos donde se haya establecido de manera irrebatible los hechos y los responsables de su ejecución. Una Comisión de la Verdad no persigue un fin vindicativo sino un fin humanitario: busca promover la reconciliación entre víctimas y victimarios, a condición, por supuesto, de que estos últimos reconozcan sus responsabilidades y estén dispuestos a pedir perdón.
Pongamos, el ejemplo de desaparición forzada de personas: ¿Qué pasó con ellas? ¿Quién ordenó y ejecutó su captura? Si ya están muertas, dónde se encuentran sus restos para darles cristiana sepultura.
El que los hechos investigados sean antiguos o muy recientes no viene al caso. En Chile, por ejemplo, la Comisión de la Verdad inició sus labores apenas un mes después del final de la dictadura de Pinochet y su informe fue publicado menos de un año más tarde. Nadie alegó que los hechos estaban demasiado frescos. En México, en cambio, los sucesivos gobiernos del PRI obstaculizaron las investigaciones sobre presuntas violaciones de derechos humanos, pero, actualmente, el presidente Fox ha establecido una Comisión Presidencial para investigar las matanzas de Tlatelolco que datan de 1968 (hace 34 años) y ha abierto los archivos de los órganos de seguridad militar. Nadie argumenta que los hechos son demasiado viejos. Conocer la verdad es un derecho humano y la verdad siempre libera.
Lejos de perturbar el clima de paz que actualmente gozamos, una Comisión de la Verdad puede contribuir a sanar heridas del pasado que están todavía abiertas, a llevar paz y consuelo a centenares de familias y, lo que también es muy importante, permitir que quienes, se implicaron en esos crímenes y abusos, puedan descargar sus conciencias y obtener el perdón de aquellos a quienes han ofendido.
Conociendo la generosidad de los nicaragüenses, no dudo que se lograría así la reconciliación entre tantas familias y personas a quienes las circunstancias de nuestra historia convirtieron en víctimas del odio y de la intolerancia.
El autor es fundador de la Comisión Permanente de Derechos Humanos