19 de julio: ¿Celebración nacional o partidista?

El 17 de julio de 1979 Anastasio Somoza Debayle huyó de Nicaragua después de entregar la presidencia de la República a Francisco Urcuyo Maliaños, quien también fue derrocado, apenas dos días después. Y así, el 19 de julio de 1979 se derrumbó una dictadura partidista y familiar que se había establecido en junio de 1936, cuando el general Anastasio Somoza García derrocó al presidente Juan Bautista Sacasa.

De manera que el 19 de julio es una de las fechas más importantes en la historia de Nicaragua, pero no una celebración nacional, a pesar de que el Código del Trabajo lo establece como asueto obligatorio, porque el FSLN confiscó la revolución democrática y la desvió hacia un totalitarismo que dividió y enfrentó a la población en dos bandos irreconciliables. Por eso, en vez de ser una fiesta de todos los nicaragüenses, el 19 de julio es una celebración partidista, igual que el 11 de julio para los liberales.

En realidad, la revolución democrática de 1979 fue una de las grandes oportunidades históricas que Nicaragua tuvo en el pasado para construir una auténtica sociedad democrática, libertaria, pacífica, próspera y desarrollada. Pero la desaprovechó de manera lamentable, y en consecuencia, 23 años después de aquél grandioso acontecimiento histórico, el país se encuentra en una situación económica y material que en muchos aspectos es peor que la que había en 1979 y años anteriores.

Es cierto que no hay revoluciones ideales, puras y perfectas. Inclusive, en nuestra época el camino más adecuado para alcanzar la convivencia pacífica en libertad, democracia, desarrollo económico y progreso social, no es la revolución violenta sino la evolución pacífica y concertada entre los diversos sectores políticos y sociales de la nación. Esto, precisamente, fue lo que trataron de hacer las fuerzas cívicas de Nicaragua (partidos democráticos agrupados en el Frente Amplio Opositor, gremios empresariales y centrales sindicales independientes) al proponerle al gobierno del general Somoza Debayle la celebración de un plebiscito que le permitiera a éste abandonar pacíficamente el poder y al país garantizarle una transición a la democracia igualmente pacífica y ordenada. Pero Somoza Debayle rechazó y desperdició esa oportunidad, se empecinó en mantenerse en el poder a toda costa y facilitó, de ese modo, el triunfo de la alternativa violenta, revolucionaria y sectaria, que a la larga resultó un remedio peor que la enfermedad.

Nicaragua sería hoy distinta, mucho mejor, si la revolución de 1979 se hubiera aprovechado como una oportunidad para construir las instituciones democráticas, promover la participación de todos los sectores de la población sin odiosas discriminaciones clasistas e ideológicas, e impulsar el desarrollo económico y social en condiciones de respeto a la libertad individual de cada nicaragüense. Pero la revolución fue deliberadamente desviada de sus objetivos originales y prometidos de libertad y democracia, y en su lugar se impuso un régimen totalitario y aventurero que oprimió a más de la mitad de los nicaragüenses y exportó la lucha armada y la revolución hacia los demás países centroamericanos.

Los comandantes sandinistas, de manera reiterada e insensata rechazaron las demandas internas de libertad y democracia, y los ofrecimientos estadounidenses de una relación amistosa y apoyo financiero a cambio del compromiso de no enviar armas y combatientes a El Salvador, ni entrenar militarmente a otros guerrilleros latinoamericanos. Esos ofrecimientos los hizo Estados Unidos desde antes del triunfo de la revolución pero cuando ya éste era inminente, por medio del negociador político-diplomático William Bowdler, y después, en agosto de 1981, cuando el subsecretario de Estado para Asuntos Interamericanos, Thomas Enders, vino a Nicaragua con ese expreso propósito. Pero el gobierno sandinista —respaldado por sus mentores soviéticos, germano-orientales, búlgaros y cubanos— rechazó los ofrecimientos norteamericanos de paz y prefirió transitar por el camino autodestructivo del enfrentamiento internacional y la guerra civil.

Ahora, con motivo de esta celebración sandinista que se impone a toda la nación, sólo cabe desear que las lecciones del pasado y de la crítica situación actual sean aprendidas por los dirigentes nacionales para que el país no siga tropezando con las mismas piedras, ni desperdiciando las magníficas oportunidades que de vez en cuando nos ofrece generosamente la historia.  

Editorial
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