Ruth Cuadra de Fuentes
Sor María fue beatificada tanto por sus milagros como por su espiritualidad, por su vida de obediencia, humildad, caridad, y especialmente de oración que desde niña amaba y practicaba en todo momento que podía, pues para ella orar es estar en unión íntima con su rey y su reina, contarle sus necesidades, penas y alegrías y hacerle peticiones a favor de los pobres.
Cuando oraba junto al sagrario se transportaba en un éxtasis de amor y se elevaba hacia ellos quedando en el aire por mucho tiempo. Cuenta doña Carmen Baldioceda de Ruiz que sus dos hijas que iban al Colegio de María Auxiliadora, de San José, un día llegaron a casa sorprendidas y alarmadas: “figúrese mamá que esta mañana en el recreo vimos que en la puerta del patio que da a la Capilla, había un grupo de compañeras; fuimos a ver qué era… dentro de la Capilla estaba Sor María Romero, orando, elevada como a una cuarta del suelo en el aire…” Las dos jovencitas repetían: “¡Yo la vi mamá, yo la vi!”.
Una de sus oraciones que más le gustaba decírsela al Señor es la siguiente: “Oh mi Dios, mi único y mi todo. Todo es nada para mí, tú eres todo para mí ¡y yo soy toda para ti! ¿quién hay en el cielo y en la tierra para mí, fuera de ti? y, qué me importa más de mí ¿si no es de ti?”
En una ocasión, cuando sus dolores reumáticos aumentaron tanto que tuvo que quedarse en cama y no pudo ir a celebrar con sus niños la fiesta de la Asunción de la Virgen, en su tristeza se puso a platicar con su rey y le dijo: “¡Oh mi amor! Yo ya no sirvo… soy ¡una mecha de trapo! Y ella oyó su voz contestándole: ¡Una mecha de trapo puede encender muchas candelas!”.
San Juan Bosco como ella recomendaban la misa, confesión y comunión frecuente para obtener del Señor las gracias que necesitamos. Ella inventó los quince sábados que tienen como centro esas tres cosas. En noviembre de 1962 haría esta pregunta: ¿Verdad que es cierto que a los que hacen los primeros sábados la Virgen vendrá a asistirlos a la hora de la muerte para llevarlos directamente al cielo? Y al respecto le dijo a una de las monjas “usted no sabe lo que siento cuando pienso en la grandeza de la Santísima Virgen, lo que quiere decir que ella es “madre de Dios” no puede haber nada más grande. Cuantas personas vienen a mí para consultarme, el remedio que les doy para sus penas es siempre el mismo “haga los quince sábados en honor a la Virgen” y las gracias se multiplican. Cuando regresan para contarme que consiguieron la gracia les digo: “hagan otros quince sábados para agradecerle y luego otro para que la pena no se repita”, y así se acostumbran a buscar a la Santísima Virgen y a Jesús”.
Todos tenemos nuestras penas, dolores y necesidades, sigamos el consejo de Sor María y veremos que la Santísima Virgen escuchará nuestros ruegos y peticiones y sentiremos su amor de madre amorosa dándole a sus hijos lo que necesitan para verlos sanos y felices.
La autora es miembro de la Asociación Sor María Romero.