Instituto Nacional Central Ramírez Goyena. Ocupó el lugar de la Plaza El Caimito. (Inserto) Don Gustavo Antonio Ortega Artola.

Tavo Ortega y las saudades del Barrio Buenos Aires

¿Qué por qué se llamó Buenos Aires ese barrio? No lo sé, pero desde que tuve uso de razón así le llamaban. El terremoto del 72 terminó totalmente con ese vecindario que no volvió a reintegrarse jamás… Quizás porque el Mercado Oriental se acabó de comer lo último que quedó de él Mario Fulvio Espinosa […]

  • ¿Qué por qué se llamó Buenos Aires ese barrio? No lo sé, pero desde que tuve uso de razón así le llamaban. El terremoto del 72 terminó totalmente con ese vecindario que no volvió a reintegrarse jamás… Quizás porque el Mercado Oriental se acabó de comer lo último que quedó de él

Mario Fulvio Espinosa

“Okey, ya has hablado de casi todos los barrios de la vieja Managua y yo me he aguantado esperando turno; porque no has dicho nada de mi barrio, de Buenos Aires, sobre el que tengo tantas cosas que contar. Así que prepará papel y pluma y comenzá a escribir”. Es terminante la orden de mi buen amigo Gustavo Antonio Ortega Artola, que se enorgullece de ser “bonaerense” autóctono sin tener fe de bautismo o pasaporte argentino.

En ese barrio nací en 1934 y allí me crié, explica. Me fui de ahí hasta el día que me casé porque soy de los que creen que el casado casa quiere. Frente a mi casa natal, ubicada en la sexta calle sureste entre 11 y 12 avenida, estuvo situada la panadería “La Flor Panameña”, de don Enrique Medrano, que había vivido en Panamá y de ahí trajo dinero para poner su panificadora, también traía boxeadores, y entre ellos vino uno que se llamaba Tránsito Kid, que lucía encantado la moda “pachuca”, que era una camisa larga floreada con pantalones estrambóticos, amplios de pierna pero con el ruedo apretado, incluso con cremalleras que se abrían y cerraban para poder dejar pasar el pie. Tránsito andaba también con un sombrero emplumado y una leontina grande que colgaba de su faja. El Kid era medio loco, porque los panameños son de por sí como medio locos, pero era un boxeador excelente, y se fajó con éxito con los mejores de Nicaragua, país donde se quedó a vivir por mucho tiempo.

JABONES, CAJONES Y CARRETONES

Mi papá tenía un oficio raro. Trabajaba para las jabonerías América, La Fama y la de don Salvador Zamora. Mi papá andaba con un carretón de pulpería en pulpería, recogiendo los cajones de pino que servían de empaque a los jabones cuando se vendían al por mayor. Esas cajas él las devolvía a las jabonerías, y por cada una le pagaban 20 centavos. Con ese trabajo mantenía el hogar, éramos pobres pero nunca nos faltó el tiempo de comida, teníamos casa, escuela, ropa, teníamos todo.

Cuando mi mamá murió, mi padre me llamó y me dijo: “Bueno, hijito, ahora me tendrás que ayudar”. Y comencé a andar por todas las pulperías de Managua recogiendo cajones. Así conocí todo el comercio, las ventas y también toda la ciudad, por eso te digo que Buenos Aires colindaba con El Caimito, por un lado, por otro con La Suspensión, que ahora se llama El Redentor, para arriba hasta el Gancho de Caminos y si es por el norte con el mercadito El Patión.

Pertenecían al barrio la gran pulpería “El Infierno” y las cantinas “El Gato Abraham”, “La Gran Jugada” y “El Perú”, propiedad de un señor gordo que había sido sargento, de modo que más que Perú lo que decían los bolos era: “Vamos donde El Sargento”. Estaba también “La Copa Blanca”, más para allá “El Nilo Blanco” y la cantina de Cajina. Otra cantina famosa era “El Níspero”, propiedad de un general conservador llamado Ernesto Rugama. Cada vez que don Ernesto se picaba se ponía a decir improperios contra Somoza, y un día que estaba en esas trazas un guardia desde su caballo le disparó y lo mató. Fue un asesinato frío que contemplaron azorados los habitantes del barrio.

¡Claro que había gente pintoresca en ese barrio! Estaba por ejemplo don Domingo Gutiérrez, al que de sobrenombre le decían “Carne Asada” porque era negro y feo. ¿Y quién era este señor? Pues nada menos que el médico del barrio, porque no había una familia que teniendo un enfermo no lo llamara. No era médico, pero curaba. Sanaba con ruibarbo y magnesia. Sobaba, recetaba, parteaba y todo. Un hijo de él si estudió medicina, es el doctor Domingo Gutiérrez que a lo mejor ahora le dicen “Carne Asadita”.

Otro notable era don Ernesto Lacayo, que vivía de mi casa a la esquina, frente a la pulpería de la Cristina Majesky esposa de don Humberto Peña, que trabajó durante largos años en el diario “La Noticia”. Lacayo era propietario de una flota de coches de caballos, le hacía competencia a la cochería de un señor Arana que tenía su “garaje” frente a mi casa. Nosotros, los muchachos del barrio, cuando llegaban los cocheros a entregar, que generalmente era a las cuatro o cinco de la tarde, el concierto (así llamaban al cuidador), nos hacía una señita, entonces nos montábamos en los caballos para ir a bañarlos a Tiscapa.

Esa tarea la hacíamos felices en Tiscapa, retozábamos y nos bañábamos junto con las bestias, después las pasábamos dejando en Santa Feliciana y regresábamos felices a casa.

Otro recuerdo imborrable fue el de la Segunda Guerra Mundial. De donde yo vivía como tres cuadras al sur estaba la residencia de unos ciudadanos alemanes que tenían muchos años de vivir en Nicaragua. Pero la cuestión es que Somoza convirtió esa casa —que después fue la mansión de su hijo Luis—, en campo de concentración. Allí encerró Somoza a los alemanes, y nosotros decíamos: “Vamos a ver a los pelones”, porque Somoza los peloneó como si fuesen prisioneros de guerra. Nosotros los mirábamos y nos apesarábamos.

Managua de entonces casi no tenía calles pavimentadas y el gusto de los cipotes era encajarse detrás de los coches, los cocheros venían con el chilillo y tiraban latigazos hacia atrás, a veces nos daban. Recuerdo que un chilillazo le sacó un ojo a uno de los chavalos, otro para evitar el cuerazo se tiró del coche y fue arrollado por un auto que venía detrás.

Mi barrio era muy industrioso. Vecinas nuestras eran las muchachas Ibarra Obando a las que les decían “Las Botellitas”, porque fabricaban unos dulces de azúcar que tenía forma de botella. Llevaban miel en el interior, y para hacerlas mezclaban azúcar con harina. En invierno fabricaban papel mata moscas. Ellas eran hijas de don Alfonso Obando.

Recuerdo que el papel mata moscas se hacía con papel craft al que se le untaban aceite de castor con pez rubia y miel, y de eso vivía esa familia, con eso formaron a sus hijos. Un día todos se fueron para Estados Unidos y no los he vuelto a ver.

Personaje en el barrio era don Alfredo Roque, papá de Alfredo Roque “Chilamatillo”, el de la desmotadora. Pues don Alfredo compraba semillas de higuera para fabricar aceite de castor que era un purgante horripilante pero de primera.

Me acuerdo de don Solón Argüello, el de la fábrica “Solarco”. Hacía rótulos luminosos de neón. Él comenzó con eso. El primer rótulo luminoso que se vio en Managua fue el del Ron Campana Azul, era una campana luminosa que se movía y eso llamaba la atención de la gente.

Otro tipo pintoresco era el llamado “Míster Albert”, tenía la costumbre de condecorarse con tapas de chibola que se prensaba en la camisa, y decía: “Esta medalla me la mandó el Papa”, y entonces se arrodillaba y fingía rezar.

Había otro al que le decían “Tapón” porque era chiquito y como apretado contra el suelo. Vestía un saco sucio, y cuando le gritábamos “¡Tapón!”, se enojaba y perseguía a los chavalos.

LA GONGOLONA DE SANTO DOMINGO

Para entrar a Managua, Santo Domingo seguía una ruta tradicional que pasaba por el Gancho de Caminos, la Pulpería El Infierno, la avenida de El Caimito, etc. En una de tantas a don Enrique Medrano se le ocurrió poner en su calle un arco que en su centro tenía guindada una gongolona con una paloma adentro. Cuando pasaba el Santo se tiraba de un mecate, la gongolona se reventaba, la paloma salía volando y un montón de confetis caían sobre los promesantes. Pasó por allí el Santo durante casi cuatro años, pero una vez a los tradicionalistas se les metió que esa no era la calle del Santo y el grupo de mi barrio decidió oponerse. Fuimos a meternos entre los cargadores y comenzamos a pujar para hacer pasar al Santo por donde nosotros queríamos. El forcejeo era enorme, ni se avanzaba ni se retrocedía, pero al fin ganamos en fuerza y el Santo pasó debajo de la gongolona de don Enrique.

En las fiestas de agosto había carreras de caballos, corrían en la calle recta de Domingo Gutiérrez hasta llegar a la Tribuna, que en ese tiempo no existía, era una pista de tierra, los jinetes montaban en pelo.

Buenos Aires era el único barrio que no tenía Iglesia Católica, sin embargo ya existía un templo evangélico que pastoreaba un hermano que era zapatero y llegaba en la noche a hacer el culto. Frente a mi casa, y en la esquina pegadita a esa Iglesia había una señora que era medio enferma de la cabeza, y si vos pateabas fuerte en su acera ella salía y te tiraba panadas de agua, se llamaba doña Carmela y por apodo le decían “La Cabezona”.

Como todos los católicos eran enemigos de los evangélicos, nosotros les tirábamos piedras a la casa… “Chancho con sombrero”, le gritábamos al pastor, porque usaba sombrero.

También por ese tiempo a los muchachos nos tocaba hacer fiestas para conseguir dinero. Enganchábamos a las muchachas diciéndoles que la fiesta era en honor a ellas y eso les encantaba. Cobrábamos dos pesos por la entrada y el pereque se hacía en casa de la joven que estaba orgullosa de ser novia del evento.

A esas fiestas acudían las jóvenes del barrio y en especial un grupo a las que llamábamos “tarjeta segura” porque no fallaban a ninguna. ¿Que te diga el nombre? Mejor no, porque algunas aún viven y más de algunas eran parientes míos.

Para cobrar la entrada estaban los caballeros “bastoneros”, una vez me nombraron a mí. Y que llega un tipo intentando meterse gratis, yo le impedí la entrada y se armó un pleito, me aruñó la cara, me rompió la camisa, casi me dejó desnudo, pero no entró y el pereque no se detuvo.

Estudié en la escuela del Maestro Julio, aprendíamos a leer en la Cartilla Mantilla, recuerdo que le poníamos música a la lectura, y que había una lección que decía “Señora hermosa, peinada, por el peluquero”. Igual recuerdo una fábula que contenía ese libro y cuya moraleja se puede aplicar a estos tiempos: “Los dos conejos”, decía: “Por entre unas matas, seguido de perros, no diré corría, volaba un conejo. De su madriguera salió un compañero: ¡Tente amigo! ¿Qué es esto? Qué ha de ser, responde, dos pícaros galgos me vienen siguiendo. Ah, por allá los veo, pero no son galgos. ¿Y qué son? ¿Podencos? ¡Qué podencos, dices!, que como mi hermano bien vistos los tengo En esa disputa, llegan los dos perros y pillan descuidados a mis dos conejos. Los que por cuestiones de pocos momentos dejan lo que importa, llévense este cuento”.

INCONFORMES CUANDO PAVIMENTARON CALLES

Cuando pavimentaron el barrio, allá por 1955, nosotros estábamos inconformes. Ya no podíamos jugar boliyoyo ni el fusilado ni trompo, porque éstos se ponían tataratas

Fue como decía yo, queriendo hacer poesía: “A mi barrio como a Miguelito Descalzo lo arruinaron, porque le pusieron zapatos y me lo hicieron burgués”, ya no era el mismo Buenos Aires

En esa época casi no existían los medidores de luz, sino que eran los “limitadores”, que te daban una luz amarillenta de 25 a 50 watts, pero se pagaba una miseria.

ANTOJITOS DE «EL INFIERNO»

Una de mis distracciones era levantarme muy de mañana para ir a la gran Pulpería El Infierno, donde entraban y pernoctaban las carretas que venían de Masaya. Allí comprábamos diferentes cosas, tomábamos café negro calientito, y comíamos tamales y cuajadas, chicharroncito y fritito.

Departamentales libre archivo

Puede interesarte

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí