Combate contra la pobreza rural

Carlos René Ramírez

Nos decía un amigo con capacidad económica considerable que los pobres no dejarán de existir nunca y consecuentemente son inútiles los esfuerzos que se hagan para la erradicación de la pobreza rural, pues tradicionalmente el campesino pobre lo ha sido por generaciones en nuestro país. Le argumentamos que hace pocos años en el Banco Nacional de Nicaragua dentro del programa de Crédito Rural de entonces y después de usar los créditos en un lapso de siete años se promovió a 4,280 pequeños agricultores, que pasaron a usar créditos de mayores montos y mostraban incrementos en sus ingresos y en sus capitales.

La banca tradicional no le presta al pobre y las organizaciones no convencionales otorgan los créditos basándose únicamente en las garantías que casi siempre son hipotecas de primer grado. El pobre no tiene garantías que ofrecer y no puede obtener préstamos. Pensando en la cultura del no pago que aún está arraigada en Nicaragua, los que facilitan dinero no le dan al pobre sino a los que poseen bienes, cobrándoles altas tasas de interés sin empeño ni visión de mejorar a corto plazo la condición de vida del pobre. Los que quebraron al Banco Nacional no fueron los pequeños agricultores, sino los grandotes y corruptos desde 1980 a 1996.

El Crédito Agrícola al pequeño productor no es la panacea para sacarlo de su miseria, porque un crédito otorgado por un mal administrador convierte al agricultor en uno más pobre y endeudado. Si se emplea los siguientes elementos en su favor: organización, capacitación, asistencia técnica (riego, uso de insumos, etc.) comercialización adecuada y a esto le agregamos el crédito, es muy probable que estemos combatiendo con buen pie la pobreza reinante. El buen administrador de crédito rural no es el que lo otorga sino el que lo recupera y que basa su análisis en dos factores que debe tener el pobre: 1) Factor de trabajo y 2) Factor de honradez. Con ambos factores se contará con la mejor garantía para la recuperación.

Si el Estado aglutina todos los recursos dispersos tanto humanos como económicos que se supone están dirigidos para combatir la pobreza y se entroniza una verdadera coordinación institucional y se financia especialmente a mujeres del campo (agricultura, pequeña industria y comercio rural), agregaríamos un elemento al mejor uso del dinero, pues nuestras mujeres no derrochan en guaro, etc., y si agregamos aún más la disciplina constante de ahorrar semanalmente aunque sean pequeñas sumas de dinero en su organización, que pudiera ser una cooperativa, estaríamos combatiendo la pobreza con inteligencia y amor a los más necesitados.

El autor es consultor agrario  

Editorial
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