¿Un buen presidente o el mejor presidente?

Eduardo Enrí[email protected]

Don Enrique Bolaños ha hablado claro, él quiere ser recordado como el mejor presidente que Nicaragua haya tenido. Parece que esa es su única ambición. Y los nicaragüenses debemos considerarnos afortunados por eso.

Sin embargo, a veces don Enrique da la impresión de querer conformarse con ser un buen presidente. Teniendo en cuenta el récord de los presidentes que hemos tenido eso es bastante. Pero no suficiente.

Para ser considerado el mejor presidente don Enrique tiene que transformar Nicaragua. Tiene que revolucionar la manera en que aquí se gobierna y se hace política. Su tarea es transformar completamente el Estado, y para eso sólo tiene cinco años. Pero el tiempo es una preocupación menor si tomamos en cuenta que tiene en el ex presidente Arnoldo Alemán, en sus cuarenta y pico de diputados y en el Partido Liberal Constitucionalista, sus mayores obstáculos.

Ese también sería un problema menor si Alemán, sus diputados y el PLC fueran el partido de oposición; pero ellos, que deberían ser su base, son sus peores enemigos, y además los enemigos de la peor calaña, aquellos que hunden el puñal mientras están dando el abrazo de “hermano”.

Es por eso que si don Enrique quiere coronar su sueño de ser considerado el mejor presidente deberá tomar al toro por los cuernos y establecer en el mayor corto plazo un claro control político, que le permita realizar las verdaderas transformaciones que se necesitan.

Porque aquí se podrá construir puentes, se podrá hacer carreteras y se podrá hablar de fomentar la inversión, pero todo eso será pasajero si después volvemos a caer en la misma francachela de los últimos años.

Para evitar eso hay que transformar todo este aparato engendrado por el Pacto Alemán-Ortega, que ha dejado el poder real en las manos de esos dos caudillos, donde la corrupción y el servilismo son las monedas que compran las lealtades.

Pero esa gran transformación no se va a lograr con esa actitud de “no darse por aludido”, de no quedarse viendo el espejo retrovisor y de hacerse el “de a peso” con todo lo que está pasando. Don Enrique no será reconocido como el mejor presidente si se empeña en justificar la gestión del ex director de Aduanas y actual vicepresidente del INSS, que dejó pasar sin mayor trámite y sin cobro de impuestos miles de libras en mercadería y vehículos de la familia Jerez. Eso para sólo hablar de un caso.

Tampoco lo va a lograr regañando a su Secretario de Comunicación por ser el único que se ha atrevido a poner en su lugar al ex presidente Arnoldo Alemán. Lástima que se atrevió hasta ahora, pero bueno, alguien tiene que decirle a Alemán que ya es suficiente avasallamiento.

La verdad, este presidente tiene una carga bien pesada sobre sus hombros, porque después de él no se vislumbra a nadie en el futuro cercano que sea capaz siquiera de despertar las esperanzas de una transformación en la gente. Su reto es descomunal, pero si no lo asume se le recordará, aunque sólo como el bueno de don Enrique, aquel presidente que se detenía en los semáforos y comía en el Food Court de Metrocentro.  

Editorial
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