Los santos

José Antonio Espinoza Gonzá[email protected]

Tomar la fe sencilla de las personas como asunto medieval es desconocer tan maravillosa época del pensamiento. Tomar esa época como sinónimo de ignorancia o algo parecido es falta de respeto con la historia y con la religiosidad, que han jugado importantes papeles en la cultura de nuestros pueblos, como también en la visión social de nuestras gentes.

Leí con asombro el artículo del Sr. Oscar Flores S., titulado “Fe y propaganda política”, donde con menosprecio e ignorancia histórica se habla de la fe de todo un pueblo, que ha hecho cultura y mantenido firmemente la identidad social y las aspiraciones trascendentes de todo ser humano. San Agustín escribe como testimonio de toda una vida de búsqueda en muchas formas de pensamientos y de actuar, así: «…el hombre, parte de tu creación, desea alabarte. De ti procede esta atracción a tu alabanza, porque nos has hecho para ti, y nuestro corazón no halla sosiego hasta que descansa en ti».

Dios nos atrae hacia Él. No podemos escapar de esta atracción divina por muy mal que hablemos de ello. Los santos, personas que vivieron y canonizamos como un reconocimiento público de ese corazón abierto a la gracia de Dios, que al estilo de la Santísima Virgen María expresan que todo lo bueno que pueda haber en ellos es obra de Aquel que los creó para Él. «Porque se fijó en la condición humilde se su esclava… El Todopoderoso ha hecho grandes cosas por mí» (Lc 1,47.49). ¡Ese es el actuar de todo santo! ¡En ellos no hay presunción de ninguna clase! San Pablo lo referirá de esta manera: «Yo mismo me sentí débil ante ustedes, tímido y tembloroso. Mis palabras y mi mensaje no contaron con los recursos de la oratoria, sino con manifestaciones de espíritu y poder, para que su fe se apoyara, no en sabiduría humana, sino en el poder de Dios» (1Cor 2,1-5).

Si el Dr. Arnoldo Alemán hace algún elogio a las maravillas de Dios manifestadas en Sor María Romero, lo hará como fiel creyente que admira las grandezas de Dios en aquellos que abrieron su corazón a la gracia. Lo cual no tiene por qué empañar las obras de Dios visibles en tal sierva de Dios. A lo que algunos, por sus creencias no católicas o su ignorancia religiosa o cultural y social, no tienen por qué verlo de forma negativa ni mezclarlo con sus molestias políticas. Que a los que estamos aquí dentro, y hemos estado siempre, en las duras y las maduras, nos tocará tratar esos asuntos a su debido tiempo y en el lugar que corresponde sin necesidad de mezclar las cosas.

En lo personal, no me atrevo a mofarme ni menospreciar la fe sencilla de mi madre, en medio de la cual aprendimos grandes valores, mis hermanos y yo, como la caridad, justicia, ¡creer con el corazón y la vida entera!

¡Ánimo, católicos! Estudiemos la vida de santos que como Sor María Romero y otros que convencidos de que Dios le ha dado sentido a su vivir, amar, perdonar, practicar la caridad y la justicia caminar así hacia el Reino de los Cielos, nos ayuden a dirigir mejor nuestras vidas.

Madre Teresa de Calcuta decía: «A veces sentimos que lo que hacemos es tan sólo una gota en el mar, pero el mar sería menos si le faltase esa gota».

El autor es sacerdote católico.  

Editorial
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