Cristiana Chamorro [email protected]
Haciendo un trabajo de investigación en los periódicos del Siglo XX me asustó mi abuelo con un editorial en relación a los derechos de las mujeres en Nicaragua. Sin embargo, en una segunda lectura encontré que por encima de la Constitución, leyes y demás prejuicios sociales y culturales nos hace un reconocimiento histórico el que me parece oportuno rescatar positivamente hoy, Día de la Mujer, y en la semana de los y las periodistas.
Es una historia de 1932 cuando se comenzó a discutir en Nicaragua un proyecto de Ley para asegurar el voto a las mujeres. En ese entonces mi abuelo, Pedro Joaquín Chamorro Zelaya, recién había comprado LA PRENSA, y desde la dirección del periódico dijo: “No estamos de acuerdo con semejante paso. No son esos los problemas que debe resolver en estos momentos Nicaragua. Lo que importa es alejar de las masas el interés político para que lo sustituya otro más productivo y menos apasionado. La mujer es siempre más ardiente que el hombre en sus intereses”.
Y más adelante el director de LA PRENSA, quien también era un influyente ideólogo conservador de sus tiempos, decía: “Si la política ha llegado al extremo que todos lamentamos con sólo la participación de los hombres. ¿Qué no será cuando también tengan que ver en ella las mujeres? Esto es echar leña al fuego, cuando lo que queremos es apagar la hoguera”. El editorialista apoyaba sus argumentos en la Constitución de entonces, la que consideraba que sólo los hombres eran ciudadanos en el sentido político. Consecuentemente, para el fundador de LA PRENSA el periodismo era una profesión de hombres y únicamente ellos tenían derecho a ocupar espacios de decisión y poder.
La gran paradoja de este pensamiento es que su nuera, Violeta Barrios de Chamorro, fue Presidenta de Nicaragua, y en algún momento de la historia de nuestro periódico, mujeres como mi abuela, mi madre y quien suscribe este artículo, asumimos en distintas épocas la dirección de LA PRENSA, que en su origen tenía una rígida posición discriminatoria hacia los derechos de las mujeres y promovía, por medio de leyes, ese temor histórico al “ardor” que mi abuelo decía tenemos las mujeres en cuanto a todos nuestros intereses.
Su recuerdo hoy en el Día de la Mujer nos invita a celebrar la incorporación de mujeres al periodismo nacional y a la vida pública como un gran paso hacia la modernidad, a valorar de dónde partimos y reconocer nuestros avances en mujeres “ardientemente” periodistas como Vilma Areas, Claudia Sirias y Eloísa Ibarra. Las tres recientemente confirmaron lo que es “ardor” con sus intereses profesionales cuando enfrentaron el temor de un poderoso que las agredió por estar comprometidas con la verdad y la fiscalización del poder.
La visibilidad de ese reconocimiento implícito y silencioso que socialmente la historia guarda hacia la energía, inteligencia y determinación de la mujer necesita potencializarse más. Pero no sólo desde los conflictos que nos traen los “ardores” de cualquier profesión, sino promoviendo desde las periodistas una conciencia crítica sobre la agenda de las mujeres, sus problemas y la necesidad de ser ciudadanas activas en la construcción del orden público y privado.
El tema de ciudadanía activa de las mujeres es una necesidad de primer orden, significa avance democrático, desarrollo económico, hacer opinión y crear espacios para que la voz de nuestras mujeres se refleje en leyes, en políticas públicas y se escuche con igual intensidad que la de nuestros compañeros. Es un asunto pendiente entre quienes compartimos la responsabilidad de promover los intereses de las mujeres para que la sociedad reconozca a la mujer en todos sus roles.
Y es también un gran desafío del S XXI a la modernidad que han emprendido la mayoría de los medios de comunicación obligados a la conquista de una emergente audiencia femenina, cada día más exigente. Primero, con la ruptura de enfoques puramente masculinos, y segundo, con la urgencia de que se valore en contenidos lo que significa una mayoría de mujeres “ardientemente” activas en la economía del país, en lo social, lo político, lo profesional, y en ser madres, esposas e hijas.
Para seguir avanzando, ni modo, hay que “echarle leña al fuego” y no tener miedo a encender la hoguera para quemar en ella la discriminación histórica hacia la mujer, como sujeto “ardiente” de información justa en la construcción del país, de una verdadera “Nueva Era”.
La autora es periodista.