Francisco Xavier Aguirre Sacasa
El reciente desmoronamiento de la economía argentina, que precipitó una magna crisis política y social en ese país, ha desatado una ola de críticas a la economía de mercado por parte de los populistas del mundo. Las instituciones de Bretton Woods —especialmente el Fondo Monetario Internacional— también han sido objeto de fuertes ataques por parte de personajes, como el presidente Hugo Chávez, de Venezuela y Fidel Castro, tras el fiasco argentino.
Según argumentan estos críticos, Argentina era un paradigma de las políticas de economía de mercado recomendadas por el Fondo, el Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo. Y la reciente y penosa experiencia de Argentina, según el argumento populista, resalta la insolvencia de estas políticas y la bancarrota del llamado “Consenso de Washington”.
Este razonamiento no da en el blanco. Aunque es cierto que Argentina implementó algunas medidas de una economía liberal de mercado, especialmente a comienzos de los años noventa, es igualmente cierto que el marco macroeconómico que ese país siguió también contenía desviaciones fatales de un manejo sano y, además, fue aplicado de una manera inconsistente, sobre todo en los últimos años. El resultado fue una prolongada depresión interna —exacerbada por la reciente recesión global— que reventó en la trágica explosión económica, política y social que el mundo presenció en diciembre.
Examinemos el récord. Argentina sí tomó algunas medidas audaces a comienzos de la Administración Menem que señalaron una clara ruptura con las políticas fracasadas del pasado. Éstas incluyeron la privatización de empresas estatales ineficientes, tales como la compañía telefónica, la aerolínea nacional y la empresa petrolera. Pero junto con éstas y otras medidas correctas que Argentina promulgó, el gobierno también mantuvo vigentes políticas erradas que, inter alia, brindaban un alto nivel de protección a sus industrias privadas ineficientes, no abordaban el problema de la enorme burocracia, costosa e improductiva del sector público, y que mantenían el Código Laboral rígido y anacrónico del país, que dificultaba el despido de los trabajadores y, por ende, desincentivaba la creación de trabajo.
Estas deficiencias estructurales se combinaron con una política de tipo de cambio irrealista, que ataba el peso al dólar estadounidense, cuya apreciación frenó el esfuerzo de exportación de Argentina. Además, un gasto exagerado por parte del Gobierno Central y de las provincias resultó en grandes e insostenibles déficits del sector público, que requirieron que Argentina se endeudara enormemente para mantener su tipo de cambio irrealista. Como resultado, la deuda externa del país se disparó, sobrepasando los US$140 mil millones.
La falta de coherencia en el marco macroeconómico de Argentina era incompatible con un sano manejo de una economía de mercado e inconsistente con los consejos que recibía esa nación de parte de las “agencias de Washington”, como el Fondo y el Banco Mundial. Por ende, sería equivocado atribuir el fracaso argentino a fallas en lo que se llama el modelo neoliberal o condenar a la economía de mercado por lo que pasó en ese país. Todo lo contrario, lo ocurrido en Argentina es precisamente un ejemplo clásico de lo que usualmente sucede cuando un país renquea en la aplicación de políticas económicas acertadas y coherentes, y, a través de los años, cae en la indisciplina.
En cuanto a “las agencias de Washington” y el papel que jugaron en el desastre argentino, sus gerencias tendrán que examinar su comportamiento para determinar si cayeron en la misma trampa en que se han empantanado en tantas otras ocasiones. Me refiero a su tendencia a apoyar programas de ajuste estructural inconsistentes o parciales en la creencia equivocada de que una actitud comprensiva o de acomodo mitigaría los altos costos políticos y sociales que se perciben, erróneamente, ser implícitos en rigorosos programas de reformas. Este enfoque, que equivale a financiar “programas a medias,” resulta —tarde o temprano— en lo que el mundo presenció en Argentina, un fracaso económico, un amplio repudio popular a las políticas equivocadamente tildadas de “neoliberales” y, en consecuencias, políticas sociales trágicas.
El autor fue Canciller de Nicaragua.